Profe, ayude a mi bebé

Por: Comité Editorial.

De camino al «Echandía», Ximena no dejaba de pensar en la forma como les daría a sus padres la noticia. La niebla de la mañana anunciaba el comienzo de septiembre. «No falta mucho para que se acabe el año y yo le salgo a mis papás con estas», pensó. Se sintió desfallecer. «No puedo tener este bebé», murmuró mordiéndose los labios. Otra parte de ella, le susurraba al oído: “Ser madre, es el acto de amor más grande y más revolucionario que una mujer puede realizar”. Terminó confundida.  

En clase de Lengua Castellana, escuchó a lo lejos al profesor Andrés Castro, decir: «Ser o no ser», esa es la cuestión. Estaba distraída, preocupada, inquieta. Así que, aunque su cuerpo estaba en el aula, su mente, sus motivos y su ser estaban muy lejos de allí. En estos momentos, ni Shakespeare podía ayudarla. Había hablado con Juan Pablo, el padre de su bebé y él le mostró su deseo de tenerlo. Pero si Juan Pablo era su compañero de curso, de 9° grado, y tenía también 14 años. ¿Con qué va a responder Juan Pablo?  

Al atardecer, después de muchas horas de angustias y lágrimas, de lágrimas y de angustias, por fin se arriesgó, se armó de valor y le contó a su madre. La madre, gritó, pataleó y la humilló. Ambas lloraron. Entonces, decidieron guardar silencio y no le contaron al padre el asunto. Los días siguientes fueron terribles. La madre se encerró en un silencio profundo. Ximena, en ocasiones, la escuchaba llorar a solas, pero su madre no volvió a hablarle del tema. Su único apoyo era Juan Pablo, con él logró definir que tendrían a su bebé. Se tranquilizó con la convicción de saber que estaba haciendo lo correcto. Sin embargo, le aterraba la idea de echar por la borda sus sueños de ir a la universidad, de viajar y conocer el ancho mundo, de comprarse un carro y recorrer el país, de vivir la vida sin ningún tipo de ataduras.  

La dicha le duró poco. Su madre recurrió al argumento de sus sueños, sueños que habían construido juntas desde que Ximena aún era muy pequeña. Logró quebrantar sus fuerzas y la persuadió de desistir de la idea de tener al bebé. La decisión estaba tomada. Juan Pablo dejó de ir al colegio por algunos días, mientras que Ximena, se encerró en una depresión profunda. Fue, entonces, cuando le contó a Valentina, su mejor amiga, de la decisión de abortar. Valentina, una jovencita “Pro-Vida” informó a la Orientadora Escolar todo lo que Ximena y su madre estaban planeando. Así que la profe prendió las alertas, citó a las dos a su oficina, pero no hubo poder humano para que ambas mujeres desistieran del delito que iban a cometer. No obstante, descubrió que el padre de Ximena, aunque ya sabía del embarazo de su hija, se oponía al aborto.   

Los días avanzaban a un ritmo frenético, Ximena no volvió a comentar la situación y evadía a la orientadora escolar cada que se tropezaban en los pasillos del colegio. El viernes de Halloween, mientras todos en el “Echandía” disfrutaban de juegos, dulces y disfraces, Juan Pablo apareció en la oficina de la Orientadora Escolar diciendo que Ximena y su madre estaban en ese momento en una clínica clandestina ubicada en Chapinero para realizarle el procedimiento.  

− ¡Por favor, profe, ayude a mi bebé!, rogó el joven con lágrimas en los ojos.   

La profe, sin perder tiempo, marcó al celular del padre y le informó de lo que Ximena y su madre estaban a punto de hacer. El hombre, rápidamente solicitó permiso en su trabajo y se fue a toda prisa para Chapinero con la idea de detener el aborto. El trancón de la mañana era terrible, el padre, en Transmilenio…  

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