Por: Comité Editorial.
Estuve en el “Reyes Echandía” desde tercero de primaria, siempre fui una estudiante promedio, nunca tuve problemas con mis responsabilidades del colegio o con algún profesor o profesora. Mi vida en bachillerato transcurría como la de cualquier adolescente; me gustaba estar con mis amigas, participar de las actividades del colegio, entrar a clase de danzas y presentarme con mis compañeros en los festivales. Cursaba grado noveno, tenía 14 años y conocí a un estudiante de grado décimo; empezamos a hablar en el colegio y luego por WhatsApp, hablábamos toda la tarde y a veces hasta muy entrada la noche. Sentía que me gustaba mucho y buscaba la manera de encontrarme con él en los descansos, iba a verlo jugar fútbol con mis amigas y disfrutaba de su compañía cada vez que podía. Además de guapo, me parecía un muchacho inteligente y con muy buen sentido del humor. Al menos no era “un pendejo”, como diría mi tía.
Después de un mes de hablar mucho y conocernos, me pidió que fuera su novia; yo le conté a mi mamá y ella me exigió que no aceptara porque estaba muy pequeña y no era hora de andar con novios. Nunca antes sentí la necesidad de rebelarme a su autoridad, siempre confié en que las decisiones que ella tomaba eran las mejores para mí, hasta ese día en que estuve segura de que ya mi mamá no me comprendía, que ya no entendía mis deseos y que no iba a sentir lo que yo sentía por Juan Sebastián, así se llamaba. Es así como tomé la decisión de aceptarlo como mi novio a escondidas y empezamos una relación muy bonita, me recogía para ir al colegio, pasábamos el descanso juntos y a veces podíamos vernos en la tarde para dar una vuelta, comer un helado y hablar sobre nuestras cosas. Hacíamos planes a futuro para cuando nos graduáramos, pensábamos en nuestra vida universitaria, yo quería estudiar psicología y él aún no sabía qué quería hacer.
Pasaron algunas semanas y decidimos empezar nuestra vida sexual, hablamos de cuidarnos para no tener sustos, a estas alturas mi mamá seguía sin saber de nuestra relación. Empezamos a salirnos del colegio por la reja de la parte trasera para ir a su casa y poder estar juntos. Mis notas bajaron un poco y citaron a mi mamá para contarle sobre la situación, ahí fue donde se enteró de todo, una profesora le contó que éramos novios y que nos escapábamos de vez en cuando. Mi relación con mi mamá se tornó muy complicada y peleábamos todos los días, ella no podía entender lo que me pasaba y cómo me sentía, finalmente, mi rendimiento académico y mis escapadas eran su culpa por no permitir nuestra relación de noviazgo. Así que tomé la decisión de irme a vivir con mi papá, él era más tranquilo y no me puso problema por mi novio, hasta me dejaba quedar en la casa de él los fines de semana. Así fue como pude disfrutar de unos meses de idilio amoroso, podía salir cuando quisiera y hacer lo que me gustaba, sin embargo, mis notas estaban por el piso y mi mamá muy molesta por la permisividad de mi papá, por ese lado las cosas no iban bien.
Con grandes dificultades académicas pude pasar a décimo, pero mi papá ya se había cansado y me pidió que volviera con mi mamá, yo me sentía frustrada y no veía esperanza para nuestra relación si debía regresar, pero no podía hacer nada más. Ya viviendo con ella tratamos de arreglar un poco las cosas, ella aceptó nuestro noviazgo, aunque con restricciones, no podía quedarme por fuera de la casa y habló con mi suegra para pedirle que también estuviera pendiente de nosotros. Un par de semanas después de mi regreso, mi mamá me invitó a almorzar en un restaurante de Bosa, Piamonte, que nos gustaba mucho, allí a solas me dijo que quería que me hiciera una prueba de embarazo, yo le respondí que no era tan bruta como para permitirme un hijo a esas alturas de la vida. No obstante, para mis adentros recordaba un par de ocasiones en que no nos cuidamos, en una de ellas tomé una pastilla Post Day, pero en la otra sentía que no estaba en mis días fértiles, así que no tomé nada. Me preocupaba la tradicional frase “las mamás siempre saben”, por lo demás me sentía tranquila.
Hicimos una prueba de sangre y contrario a mis cálculos, salió positiva, yo no podía creerlo, entré en shock y mi mamá estaba como loca. Me dijo que a pesar de que nunca hubiera querido que yo tuviera un hijo tan joven me iba a apoyar y así lo hizo, conté también con el apoyo de toda mi familia. Cuando mi novio se enteró se puso muy mal, ahí todo cambió, su mamá no quería que yo tuviera al bebé y me propuso que abortara, sin embargo, mi mamá nunca permitiría algo como eso, mi novio me dio la espalda y dejamos de vernos, yo sentía que no podía seguir viviendo sin él y con un hijo. Pasaron varios meses y yo trataba de subsistir con todo lo que tenía encima, el colegio, el embarazo y el dolor de no tener a mi lado al padre de mi hijo, no podía entender su decisión.
Cuando nació mi hijo, apareció su papá para pedirme que regresáramos y me prometió una vida juntos, yo no pude hacer otra cosa que perdonarlo por su abandono y poner todo de mi parte para hacer una vida en familia, sentí que las cosas se estaban componiendo y que todo iba a mejorar, jamás imaginé lo que seguía para mí y para mi hijo. La familia con la que me ilusioné se convirtió en un infierno del que me costaría mucho salir…
