Caverna libre de smartphones

Por: Danis Cueto*

¿Y si un día despertáramos y descubriéramos, parafraseando a W. Nabokov, que los celulares y otros dispositivos móviles no se pudieran traer al colegio? —¡Nada más loco! — refunfuñaría apretando los dientes el custodio de la locura, Erasmo de Róterdam. La Secretaría de Educación del Distrito ha tallado sobre piedra la decisión paleolítica de restringir, con ánimo castrense, el uso de teléfonos celulares, relojes inteligentes, tablets, etc., en cada uno de los 412 colegios de la ciudad con el pretexto de mejorar la convivencia escolar, los aprendizajes y la salud mental de los estudiantes.

El animal feroz de la crítica no se hizo esperar. Sin embargo, en honor a la verdad, la decisión de la autoridad educativa distrital se alinea con una tendencia mundial, pues decenas de países han tomado medidas en esta dirección, acaso inspirados en el impacto global que han generado los textos La generación ansiosa de Jonathan Haidt de la Universidad de New York y Lector, vuelve a casa: cómo afecta nuestro cerebro la lectura en pantallas de Maryanne Wolf de la Universidad de California.

Me viene de hilo, entonces, contar que desde hace algunos meses atrás me di a la tarea de superar la tentación demoníaca de las calificaciones y fijar la atención en la salud mental y en los aprendizajes de los niños. Inspirado en el mito de Platón, puse en marcha: “Caverna libre de smartphones”. Estrategia en la que los teléfonos celulares y otros dispositivos móviles se convierten en las sombras reflejadas en las paredes cavernosas y atrapan la atención de los estudiantes sacándolos de la realidad. Los niños y las niñas que dejaran sus smartphones por fuera del aula tendrían a su favor el 50% de la valoración final del trimestre.

Creo que las notificaciones, las pantallas, videos, redes sociales, chatbots, etc., son la nueva metáfora de las sombras que ven los prisioneros de Platón en la caverna. Estas alejan a los estudiantes del placer de vivir todo lo que acontece en las aulas, en los descansos, en los pasillos, en las zonas verdes, entre otras. Son distractores que no favorecen la atención, ni la concentración, ni el pensamiento crítico. “Caverna libre de smartphones” constituye otra manera de sentir aquello que la Secretaría de Educación del Distrito ha denominado “Re-conectarnos para aprender”.

Aprendí que no podemos hacer soplar el viento, pero sí elevar una vela. ¿Cómo no hacer algo frente a las dificultades que viven los estudiantes todos los días en el aula? ¿Por qué no aportar mi grano de arena para mejorar los aprendizajes, la salud mental y la convivencia escolar de los niños, niñas y adolescentes? ¿Acaso esa no es la razón de lo que significa ser maestro?

Asumir el riesgo frente a la tentación de las calificaciones surgió luego de un hecho profundamente doloroso. Aún siguen vivas las imágenes de Sofía**, la pequeña chica de décimo grado, que entró en crisis en plena clase. Se halaba con fuerza su copioso cabello negro y golpeaba ferozmente su cabeza contra una de las paredes. En un segundo, salió a toda prisa del aula e intentó lanzarse desde el tercer piso. Una ágil reacción protectora logró abrazarla y evitar el siniestro. Semanas después, Sofía volvió al colegio, me dio un fuerte abrazo y me susurró que por favor la perdonara, como si la depresión requiriera de un absurdo indulto.

Tengo presente a Felipe, el niño de undécimo grado, de quien dicen sus maestros que es un fiel exponente de aquellos que andaban a caballo. Su madre contó, con lágrimas en los ojos, que se había vuelto grosero y muy violento en casa. La humilde mujer atribuye la beligerancia de su hijo al prolongado tiempo que dedica a las pantallas. Me rompe el alma en trozos ver todos los días a los adolescentes con sombras negras alrededor de sus ojos, sino trágico de la enfermedad del insomnio. Me cuesta ver a Mauricio López, el maestro de matemáticas, pasearse por las aulas con una cajita de madera para recoger los teléfonos móviles de sus estudiantes para luego iniciar sus clases. También me duele escuchar a los maestros decir que los chicos, además de ser hostiles con algunos de ellos, presentan más tareas, pero están aprendiendo menos.

Igual de doloroso fue haber descubierto que mis estudiantes se han vuelto “ojeadores de palabras”. Leen por encima. Este es el nuevo hábito que han adquirido aquellos que leen digitalmente. La neurocientífica cognitiva Maryanne Wolf prefiere llamarlos “picoteadores de palabras”. Esta nueva forma de lectura no lineal ha roto la paciencia del relojero. Los niños, niñas y adolescentes de hoy ahora leen solo fragmentos rápidos, aislados entre sí, y saltan de un párrafo a otro de la misma manera que lo hace el colibrí en busca del nutritivo néctar.  Los “picoteadores de palabras” aprendieron a localizar en sus pantallas las palabras que jalonan el texto; luego, sin sonrojarse, se imaginan el contexto y se atreven sin pudor a lanzar anticipaciones, conjeturas textuales y conclusiones. ¿Qué dirán nuestros amigos los libros?

Entonces, lector desconocido, quiero contarte lo que vi, o creí haber visto, en el aula de clases durante los últimos meses, luego de haber hecho de ella una caverna sin smartphones. Los primeros días aparecieron las risas y carcajadas, befas y chistes. Los rostros de los niños anunciaban la fuerza vital y una poderosa energía que desbordaba las paredes; después aparecieron los juegos de mesa. Finalmente, el tedio y el aburrimiento se adueñaron de ellos. Algunos terminaron rendidos y clavaron sus cabezas en sus mesas individuales. 

Aún tengo en mis recuerdos a Camilo. Un buen día, antes de iniciar la clase, llegó enérgico, parecía un saltimbanqui y, en una de esas, perdió el control de su cuerpo y se fue, como el más universal de los habitantes de Pelotillehue, de para atrás. El resultado, una sutura quirúrgica en la base del cráneo, justo detrás de la oreja, y dos días de incapacidad. Otro día vi a Ricardo, un chico de octavo grado, darle un guantazo a Ángel en el pómulo izquierdo segundos antes de salir del salón de clases. El agredido no dijo nada, tampoco lo denunció. Sin embargo, le lanzó una mirada fulminante, señal inequívoca de que el final de esta historia aún no estaba escrito. En otra ocasión, mientras abría la puerta del mismo salón, vi a Marlon hacer una cabriola; estaba poseído por el espíritu de Messi. Luego, pateó el balón con mucha fuerza y este fue a dar en uno de los vidrios de una cartelera del tercer piso. El estruendo rompió la tranquilidad de la mañana. También vi a tres niñas de Décimo grado agazapadas en un rincón del aula; por encima de sus cabezas se levantó una columna de humo. Me acerqué y un fuerte olor a vaper entró por mi nariz. Molesto, las confronté, pero ellas me graduaron de loco.

Sin embargo, después de estas vicisitudes, amigo lector, te puedo decir que volví a ver reír a mis estudiantes, vi la inocencia que aún sigue atrapada en sus ojos. También realizamos algunas lecturas alfabéticas, escribieron algunas tesis e hipótesis textuales en sus cuadernos e hicieron algunas “porquerías”. ¿Porquerías? Sí, escribieron algunos, ¿por qué? sobre la vida que les ha sido dado vivir. El índice de reprobación, como te podrás imaginar, disminuyó; los dispositivos móviles se erosionaron del aula, pero otros son los problemas que tendremos que paliar. Un temor enorme se ciñe sobre nuestra escuela con la entrada en vigencia de las restricciones que propone la Secretaría de Educación. Miedo que nos puede devolver a una guerra de “policías y ladrones”, como dice mi buen amigo, el maestro Albeiro Amaya. Albeiro le teme a la persecución delirante que vivió en el pasado cuando los profesores perseguían por todos los rincones escolares a los niños que llevaban el cabello largo, cargaban piercings y decoraban sus uñas.

Tal vez, amigo lector, como escribiera el hasta ahora desconocido Septimus, en La Jirafa, su columna habitual del Heraldo de Barranquilla, en marzo de 1950, que, así como en la época del colmillo y el mamut los trogloditas terminaron aprendiendo de su propia biología, los sapiens terminaremos asombrados con los otros sapiens que aprendieron a escribir con sus pulgares y a leer también el mundo con sus ojos trasnochados.   

*Docente del colegio Alfonso Reyes Echandía IED.

**Los nombres de los niños y de las niñas a los que se hace referencia en este texto han sido modificados por razones obvias.

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