Por: La Mochila, Revista Educativa.
Las matemáticas suelen ser, entre todas las ciencias, una de las más misteriosas y enigmáticas, pero precisas. Son como el álgebra que se oculta insistentemente ante los ojos de la mayoría de los mortales. Son, en últimas, como la mejor de las novelas policíacas: aparentemente insondables, pero divertidas.
Sin embargo, para muchos de nosotros, las primeras imágenes que surgen al pronunciar este adjetivo de lo preciso y exacto, están vinculadas con lo que la inventiva humana ha llamado caprichosamente El coco. Este dejó de ser una figura simbólica fantástica del folclor de nuestros pueblos para convertirse en un dispositivo de control disciplinario. Desde entonces se usa para disuadir, persuadir, incluso, asustar a los niños que se resisten a obedecer y se les amenaza con de llevárselos si no se portan bien. No hay nada más ruin que utilizar el artilugio de la intimidación para que los niños aprendan. A las matemáticas se les redujo a tan infame condición. ¿Acaso no dijo Aristóteles que todos los hombres desean, por naturaleza, saber?
La literatura también aportó otro peso adicional al enorme piano que cargan las matemáticas sobre sus hombros. En Tiempos Difíciles, por ejemplo, Dickens recrea en la figura de Thomas Gradgrind, el arquetipo sinuoso de un maestro de hechos y cálculos, siempre con una regla, una balanza y una tabla de multiplicar en el bolsillo. Para Mr. Gradgrind dos más dos son cuatro, no cabe otra realidad distinta. Su boca delgada, ancha y dura, logra una perfecta simetría con su voz seca e inflexible como la de un dictador de una pequeña república bananera. Siempre está listo para medir y cuantificar la naturaleza humana de sus hijos, estudiantes y las de todas las personas para luego determinar en una cifra el peso y la medida de cada uno de ellos.
No obstante, hay quienes han dedicado su vida a romper con la idea del “Coco” que Dickens recrea magistralmente en la persona de Mr. Gradgrind. Tal es el caso de Clara Milena Rivera y Mauricio López, dos maestros de matemáticas de la IED Alfonso Reyes Echandía de la Localidad de Bosa, que después de largos años han logrado transformar la intimidación y las amenazas y han migrado hacia el amor por las ciencias de lo exacto.
No es para menos. Los dos han transformado el segundo piso de la biblioteca escolar en una suerte de ludoteca, todo un espacio diseñado para jugar y aprender al mismo tiempo. Allí, acuden los niños y las niñas por iniciativa propia a jugar y, sin saberlo, desarrollan habilidades cognitivas, analizan y realizan inferencias lógicas al tiempo que adquieren agilidad mental y neuronal. En este lugar, no existen calificaciones, ni mediciones a la usanza de Mr. Gradgrind. Solo existe el deseo de jugar, acaso el deseo natural de saber, como creía Aristóteles.
─A mí no me gusta el fútbol. Sé lo que se siente estar en los descansos sin hacer nada ─dice Jaider Ramírez, estudiante de undécimo grado y uno de los líderes estudiantiles del proyecto. Jaider, quiere dejar su propia huella antes de graduarse, pero, tal vez, ignora que, en la Ludoteca, creció y con los años se hizo hombre jugando con los cubos Rubik, colocando y quitando pequeños bloquecitos de madera jugando Jenga, lanzando los dados e intercambiando bienes raíces a través del juego del Monopolio. ¿No es acaso esta su propia huella?
La biblioteca escolar institucional, todos los descansos, parece un casino y “aunque el objetivo no son las apuestas, estas nos sirven para que los chicos aprendan estadísticas y a predecir eventos y probabilidades” ─dice el profe Mauricio López, mientras se acomoda los lentes con los que lee el mundo. “Además, tenemos juegos de retos. Todas las semanas publicamos un problema, los niños y las niñas que deciden asumirlo depositan en una urna cerrada sus respuestas.” ─interpela la profe Clara Milena con voz dulce. “Los retos son las actividades que más disfrutan los estudiantes de los grados superiores, pues todos los viernes esperan la llegada de Jaider Ramírez, vestido con el traje verde de Servientrega. Aparece repartiendo dulces a los vencedores ─agrega mientras sonríe.
Clara Milena Rivera y Mauricio López han logrado crear, con los años, una hermandad, un club de amor sin Eros, en el que no enseñan matemáticas, sino el amor por las matemáticas. Su Ludoteca es una relación asimétrica de amor que va más allá de los intereses de Mr, Gradgrind, el personaje de Dickens, pues es un gesto de alteridad con el que han conquistado a muchos estudiantes y han hecho que las matemáticas sea una de las dos áreas con los mejores desempeños en la prueba SABER 11.
