Oralidad, palabra y debate en el colegio Juan Evangelista Gómez

Por: La Mochila, revista educativa.

Es la 1:10 de la tarde. El reverberante sol del mediodía se mezcló con el viento frío de la montaña y luego se levantó por encima de la Institución Educativa Distrital Juan Evangelista Gómez. Habíamos logrado atravesar la ciudad de occidente a oriente, o lo que es lo mismo, desde las riberas del pestilente río Tunjuelito hasta los imponentes cerros tutelares, para cumplir con la invitación que, días atrás, nos hicieron Nidia Jaqueline Varela Reyes y Slendy Johanna Vargas Moreno, las acuciosas estudiantes e investigadoras del doctorado en Educación y Sociedad de la Universidad de La Salle, jurados del evento.

El auditorio estaba atiborrado de almas juveniles, inquietas e intemperantes. Todos estudiantes de las localidades de Usme, Ciudad Bolívar, Antonio Nariño y San Cristóbal. En la tarima, justo delante de un enorme telón negro del que sobresalía uno más pequeño de color blanco, yacía, detrás de un atril, Aníbal Rivera, un joven maestro, ataviado con una camisa a cuadros. A su costado derecho, se podía observar una larga mesa cubierta con un mantel amarillo sobre la que descansaban cuatro tablets ligeramente inclinadas y protegidas por un forro rojo de cuyos lados se elevaban cuatro micrófonos, mientras que, a su costado izquierdo, otra mesa sostenía el mismo número de dispositivos móviles y micrófonos, pero cubierta con un mantel verde.

Un chorro de luces multicolores se paseaba en todas las direcciones, otorgando al escenario un ambiente celeste y festivo. “Bienvenidos al V Concurso de oralidad y debate organizado por el colegio Juan Evangelista Gómez: Oralidad olvidada, la palabra vive al replicarse”   —dijo emocionado. Después de los himnos, apareció detrás del atril, el ingeniero John Fredy Fonseca Hurtado, rector de la institución: un hombre corpulento y ojos felices, con cabello cano y barba montaraz. Estaba vestido con un traje profundamente azul, camisa rosada y corbata roja. “El concurso de oralidad que hoy inauguramos es el aporte de nuestro colegio al proyecto JARAVE: Medicina para una convivencia que mejora, con arte, deporte y cultura, los entornos educativos de los colegios Juan Evangelista Gómez, Alemania Unificada, El Rodeo, Atenas, La Victoria y Entre Nubes” —indicó con voz seca.

Tiempo después, apareció en el escenario César Suárez, maestro de Educación Física. Un hombre joven y fuerte. Su rostro describía la huella ausente de muchos meses de trabajo no remunerado. No fue muy difícil descubrir que sobre sus hombros recaía el peso de la organización del concurso. “La metodología es muy sencilla. A través de nuestra rueda o ruleta digital seleccionaremos los diversos temas, que llamaremos premisas de argumentación, así como también los equipos que han de enfrentarse en representación de cada uno de los colegios participantes. Para definir, qué equipo defiende oralmente la premisa y cuál está en contra de esta, jugaremos “Chin Bun Papas” —señaló con conocimiento de causa. ¿Premisas? ¿Oralidad? ¿Argumentación lógica?

Entonces, aparecieron en el arcón de nuestros recuerdos las imágenes de Billy Tucker, el estudiante de Administración de Empresas de 19 años de una universidad de Massachusetts, al que se refiere Martha Nussbaum en Sin fines de lucro, quien tuvo que cursar algunas materias de humanidades como Filosofía. Billy Tucker tuvo que aprender argumentación socrática y lógica formal y, al final del curso, debatir acerca de un tema de actualidad. Dice Nussbaum (2010) que “Tucker se asombró de tener que argumentar en contra de la pena de muerte, aunque estaba a favor. Según sus comentarios, nunca había entendido que se podían elaborar argumentos en favor de una postura que uno mismo no apoyaba” (p.81).

—Rueda el debate —dijo el profe Suárez. Acto seguido, sobre el telón blanco apareció la imagen de una rueda dando vueltas, indicando que los primeros participantes eran los estudiantes de los colegios Diego Montaña Cuellar y Entre Nubes. La rueda volvió a girar y señaló la primera premisa sobre la que debería discurrir el “enfrentamiento oral”. ¿Existen guerras válidas o todas son violencias justificadas? Luego, cada uno de los capitanes se trenzó en el “Chin Bun Papas” para definir cuál colegio debería asumir la defensa y cuál la posición contraria frente a la premisa de la guerra.

El concurso de oralidad del colegio Juan Evangelista Gómez, entonces, es mucho más que un juego inocente, aunque sea muy similar a los programas de la Rueda de la fortuna y Rueda de la suerte que desde hace más de una década desaparecieron de la televisión colombiana. Por el contrario, forma a los jóvenes del sur oriente de la ciudad en una de las habilidades que no puede ofrecerles ninguna inteligencia artificial: Pensamiento crítico. Además, les enseña a coexistir con los otros que dicen, sienten y piensan distinto. Por lo tanto, no es caprichoso que el ingeniero John Fredy Fonseca, rector del colegio, manifieste orondo que la oralidad ayuda a mejorar la convivencia y los entornos educativos en el que crecen los estudiantes de la localidad, pues el debate humaniza al Otro. Al colocarse en la posición contraria, por ejemplo, Tucker cambió su actitud frente a los demás, “se sentía más inclinado a respetar la posición contraria y sentía más curiosidad por los argumentos de ambos bandos y sus puntos en común. Ya no concebía el debate como una simple manera de hacer alarde o reafirmar la postura de cada uno” (Nussbaum, 2010, p.81).

Mientras los jóvenes estudiantes se trenzaban en argumentos a favor y en contra de la guerra, nuestros ojos buscaban a la persona que hacía rodar la rueda. Tal vez, porque intuíamos que detrás de una estrategia que formaba en argumentación crítica debería haber unas manos diligentes y una vocación pedagógica sin cansancio. Allí estaba ella, en un rincón del recinto. Casi oculta, con la sencillez del que no necesita aparecer ante los reflectores para anunciar su presencia mágica. Tenía el cabello largo y negro y se ocultaba detrás de unos enormes lentes. Su imagen era la de una mujer arriera y laboriosa. Tiempo después nos dijo que se llamaba Patricia Tafur. Es la profe de lengua castellana.

El rostro de la maestra Tafur describía también la huella ausente de muchas horas de trabajo no remunerado; su sonrisa era el signo del deber cumplido. “Durante todo el año preparamos a todos los niños en oralidad para que aprendan a exponer públicamente sus ideas, no importa si ellos no han de ser seleccionados para participar en el concurso de oralidad. Lo importante es que se apropien de la oralidad y de la argumentación crítica” —dijo con mucha propiedad. Mientras que César Suárez es el diseñador y ejecutor de la metodología del concurso, Patricia Tafur constituye la mano creadora de la estrategia. Es ella quien forma a sus muchachos en las artes de los antiguos: Oratoria y retórica.

Cuando se le pregunta a la maestra Tafur por una experiencia que le haya dejado huellas, entonces, se hunde en lo más profundo de sus recuerdos: “Jack Guarnizo” —dice saliendo de su abstracción. “Jack era un estudiante de fe cristiana. Por sus convicciones religiosas, solicitó que, por favor, no le pidieran argumentar, a favor del aborto, el tema del Primer Concurso de Oralidad y Debate. Sucedió todo lo contrario. Pero eso le sirvió al bueno de Jack para edificarse a sí mismo, entender que existen otros puntos de vista. Se apropió con tanta madurez del ejercicio que terminó realizando una excelente argumentación del tema al que se oponía.. Jack, fue el ganador del Primer Concurso de Oralidad y Debate —Finalizó.

Hasta aquí podemos narrar lo que vimos o creímos haber visto aquella tarde calurosa del 21 de agosto en el auditorio del colegio Juan Evangelista Gómez.

Adenda: Los ganadores del V Concurso de Oralidad y debate:  Oralidad olvidada, la palabra vive al replicarse son:  Danna Albreo y Juan Arias del colegio Juan Evangelista Gómez IED; Erin Riaño del colegio Diego Montaña Cuellar IED; Diego Suárez del colegio Arborizadora Alta IED y Johan Cristancho y Elianis Andujar del colegio Entre Nubes IED.

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