Por: Juan Carlos Cardozo *
Hace unos días se escuchó la intervención de uno de los precandidatos presidenciales promoviendo su idea de “educación para la liberación”, en la cual manifestaba la posibilidad de que los estudiantes pudieran elegir en qué institución querían estudiar, cuál era el perfil que querían conseguir; exhibiendo argumentos como la calidad, la competitividad y una apertura de posibilidades como bandera. Adicionalmente, se mencionaba que se iba a promover la autonomía y sobre todo; de una manera muy enfática, libre de adoctrinamientos aludiendo que en la actualidad hay una educación en la cual se cambian las víctimas por los victimarios y viceversa y en la que se enseña la historia al acomodo de los docentes o en la que se promueven ideas políticas a la orden de los sindicatos.
Hoy, como si tuviera una espina atorada en la garganta, no puedo quedarme con la indignación que provocan semejantes pronunciamientos que muestran la total ignorancia y distancia de lo que se vive día a día en la educación pública en la cual, muchos concordarán con mi afirmación, se hace un apostolado por parte de los docentes que laboran en salones con entre 35 y 50 estudiantes, cifra que corresponde a un parámetro que le da la prioridad a la optimización del espacio, como si fueran cajas empacadas en una bodega; desconociendo lo dispendioso que es educar en un salón en el que los educandos se sienten apretados, o en el que el contexto no da el tiempo suficiente para prestar la atención necesaria a los niños. Dichas afirmaciones muestran el desconocimiento de que muchas instituciones públicas no cuentan con la infraestructura ni la dotación necesaria para cumplir una buena labor, lo que amplíala brecha a con la educación de algunos colegios privados, pues no todos los colegios privados son iguales ni tienen los mismos intereses. Muchos docentes de colegios rurales y urbanos trabajan con sus mismos recursos e invierten su propio dinero en seguirse capacitando, no en el adoctrinamiento, como se menciona, sino en la investigación, la innovación y la creatividad que ofrecen día a día a sus estudiantes.
La ignorancia de estos candidatos que hablan ligeramente de educación, desconoce que en tiempos de colegios en concesión se tenían instituciones privadas que no contaban con la infraestructura para recibir estudiantes, que no le pagaban puntualmente a sus profesores y que no reconocían la profesión docente, ofreciendo remuneraciones casi por debajo del mínimo, trabajando de 10 a 10 meses y medio, recibiendo recursos públicos sin brindar las condiciones adecuadas para lo que estaban contratados.
Estos precandidatos se abanderan de que están en contra de un supuesto adoctrinamiento de profesores agremiados que alienan a los niños, niñas y adolescentes, enseñando a su acomodo y mintiendo; de esta forma estos políticos fomentan la desinformación, el odio y los juicios sin argumentos, puesto que presumen que la voz de sus detractores educados en colegios públicos son producto de una educación adoctrinante y alienante.
De otro lado, particularmente este político en campaña menciona la opción de que los estudiantes puedan elegir en qué colegio estudiar como si la educación privada fuera toda de igual nivel, tal vez no se da cuenta, porque nunca se ha acercado a ciertos sectores, de la diferencia que hay entre un Nueva Granada, un Gimnasio Moderno o un Gimnasio del Norte y otros, respecto a muchos de los colegios privados que quedan en la periferia evidenciando que el rótulo de privado no le da un estatus de mejor a ciertas instituciones. Por último, alude al sofisma de la calidad, como si se nos olvidara que muchos de los políticos, empresarios, personas influyentes y militares corruptos, entre otros, fueron educados en instituciones de alta calidad, lo que implica que no necesitamos tantos estándares de calidad, sino humanizar la educación para que nuestros estudiantes sean más éticos y críticos, más observadores del medio y conscientes de la importancia del conocimiento como poder, de manera que podamos vivir en comunidades en las que se respeten las diferencias, las ideas, la opinión y las decisiones, y en las que se miren objetivamente estos discursos para no dejarse enredar por las mentiras y los juicios ligeros.
Por mi parte, quiero decir que no nos interesa una “educación para la liberación” que venga propuesta por parlanchines que fomentan el odio, que cargan con una historia de antecedentes de corrupción en su familia, que apoyan la guerra, la ignorancia, la discriminación y que se lucran de la desinformación como arma política. No nos interesa una “educación para la liberación” de personas que hablan desde el desconocimiento, que atropellan con su palabra, que polarizan a conveniencia y que usan el tema de la educación como trampolín de sus discursos politiqueros sin el verdadero interés de cambiar realmente las cosas.
* Colegio Palermo Sur IED
