Por Ana María Chaparro Carvajal*

A veces me pregunto si realmente conozco a mi madre. La he visto llorar muchas veces, pero nunca llora por ella. Llora por sus hijos, por sus padres, por sus hermanos, por sus amigos, por sus problemas, pero nunca la he visto llorar por llorar, para tener paz interior. He querido entenderla, pero no sé si lo he logrado. A veces parece fuerte, otras veces parece frágil. A veces parece feliz, otras veces parece que se rompe por dentro. A veces parece que lo tiene todo claro, otras veces parece que no sabe ni quién es. Y yo, como su hija, solo quiero conocer a la niña que vive dentro de ella. Esa niña que alguna vez soñó, que alguna vez tuvo miedo, que alguna vez fue herida. Quiero abrazarla, decirle que está bien sentirse perdida, que no tiene que ser fuerte todo el tiempo, que también merece llorar por sí misma. Porque detrás de esa madre que todos ven, hay una mujer que también necesita ser vista, escuchada, comprendida. Y yo estoy aquí, no solo como hija, sino como alguien que quiere conocerla de verdad.

 

*Estudiante de Noveno Grado de la jornada tarde de la Institución Educativa Distrital Alfonso Reyes Echandía

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