La vida escolar con smartphones o vivir eternamente en otro lugar

Por Danis Cueto*

…Y entonces el mundo cambió. Un buen día del año 2007, urdido en la memoria de los hombres, la humanidad se volvió zombie. El responsable: un prodigioso dispositivo móvil que se presentó ante nuestros ojos con el nombre de “smartphone” y se convirtió con el tiempo en el más extraordinario invento que ninguna generación hubiera conocido hasta ahora.

Los viajes en TransMilenio, nuestro sistema de transporte masivo, por ejemplo, se hicieron menos tortuosos. Los usuarios, luego de abrirse paso con sus codos para granjearse un lugar en el articulado, clavan sus cabezas en las pequeñas pantallas de sus móviles, se colocan unos tapones inalámbricos en sus oídos y se aíslan del resto de los humanos. Conductores y peatones, empresarios y obreros, profesores y estudiantes, ingenieros y constructores, abogados y ciudadanos, malandrines y políticos, propios de nuestro bestiario tropical, repiten el mismo ritual en las calles, avenidas, parques, plazoletas, oficinas e instituciones de la ciudad.

Ayer vi, otra vez a la hora del descanso escolar, a Kevin, Julián y David, mis estudiantes de décimo grado, jugando “Clash Royale” en sus pantallas. Estaban juntitos, sentados en una de las tantas bancas de tres puestos dispuestas en el primer piso; los tres tenían unas manchas oscuras alrededor de sus ojos y deslizaban con maestría sus pulgares sobre las pantallas de sus celulares. Tan solo unos minutos antes alcancé a ver a Gabriela, de Primer Grado, jugar libremente con Laura y Luciana un juego al que le llamaban Las muñecas del calamar. También vi a Mariana, de quinto grado, jugar con dos de sus compañeritas de clases, a Atrapadas.

Después, mientras subía las escaleras con mi andar cansino, Arlo, un aprendiz de poeta desorientado, también de décimo grado, de cabello negro, enredado, muy tupido y oculto detrás de unos enormes lentes, me daba a conocer a través de su smartphone sus últimas construcciones poéticas. “Me falta seguir trabajando en la métrica de mis versos”, dijo y se perdió entre la multitud del estudiantado.

Luego, en clases, intenté reflexionar con los jóvenes de Undécimo Grado sobre el sorprendente fenómeno de los “therians”, con el fin de hallar alguna relación entre estos, el fascinante Diógenes, “el perro”, el inolvidable Chavo del Ocho y los habitantes de calles. Fue imposible. Le estaba hablando a las cuatro paredes del aula. La clase de Filosofía se había convertido en una horda de zombies. Los niños tenían alrededor de sus ojos las mismas manchas oscuras que logré ver en Kevin, Julián y David, sino trágico de “la enfermedad del insomnio”, un fenómeno cada vez más general.

Muy lejos de desmotivarme, tomé una bocanada de aire frío, logré con mucha dificultad y voz firme que entraran a la app de “Ajustes” e ingresaran a “Bienestar digital y controles parentales” y, luego indagaran por el número de horas que les habían dedicado a sus pantallas el día anterior: “14 horas”, dijo Camila; “12 horas”, gritó Deiver; “10 horas”, indicó Steven; “16 horas”, sentenció Iván. Con actitud represiva, de la que aún siento vergüenza, logré que guardaran sus celulares e intenté, por segunda vez, hablar de los “therians”. Tampoco tuve éxito. Esta vez descubrí que muchos niños no pueden prestar atención; algunos no saben vivir más de dos minutos sin mirar de manera subrepticia sus móviles, era como una fuerza de atracción que los arrastraba a hacerlo, y otros cerraban sus ojos y quedaban dormidos. Entonces, fui consciente de sus enfermedades.

Lo que acontece en las aulas del colegio Alfonso Reyes Echandía solo es un signo de una realidad mucho más grande y compleja. En La generación ansiosa, el psicólogo social neoyorquino Jonathan Haidt utiliza el epíteto “generación Z” para agrupar las características funcionales de los niños nacidos entre 1995 y 2025. Una de las más sobresalientes es la de haber abandonado el juego libre, tal como aún lo hacen, en hora buena, nuestros niños de Básica Primaria, para luego transitar por una niñez y una pubertad basada en el teléfono, como lo hacen la mayoría de los estudiantes de Básica Secundaria y Media.

La causa de esta “gran reconfiguración de la infancia”, señala Haidt, se encuentra en la sobreprotección que los padres han ejercido con los niños y adolescentes de la generación Z, condenándolos al encierro de sus casas para que jugaran online e ingresaran al mundo de las redes sociales sin ningún control a través del uso excesivo de los smartphones. Agrega Haidt que “La generación Z fue la primera que atravesó la pubertad con un portal en sus bolsillos que los alejaba de sus allegados y los llevaba a un universo alternativo de emociones, adictivo, inestable e inadecuado para niños y jóvenes”. El deterioro de la salud mental (ansiedad y depresión) es la consecuencia más compleja y terrible.

La vida con smartphones es como si estuviéramos eternamente en otro lugar. Esto explica, en buena medida, por qué, cuando nuestros estudiantes no están mirando el celular en las clases, su atención se desliza ansiosamente hacia sus dispositivos y al interés por los acontecimientos que anuncian el advenimiento de un nuevo inbox o la novedad de un nuevo video.

El año anterior en el colegio, según el Sistema de Alertas que elaboran nuestros orientadores y psicólogos, se reportaron 26 niños con ideación suicida, mientras que la Secretaría de Educación del Distrito informó que 10 mil niños tuvieron ideación suicida en 2023. Algo tenemos que hacer…

Haidt propone tres grandes reformas para minimizar el impacto del deterioro de la salud mental de nuestros niños y adolescentes: Nada de smartphones en los colegios, nada de redes sociales antes de los 16 años y más juego libre sin supervisión de los adultos. Confieso que hace algunos años ni siquiera podía haber considerado la idea de restringir los celulares y otras pantallas en las aulas. Tal vez porque soy hijo de la generación que creció con la idea de “Prohibido prohibir”, por un lado, y por el otro, porque me acogí desde 2011 al entusiasmo que presentaba la UNESCO sobre el valor sin precedentes que las redes sociales podían traer para mejorar los aprendizajes de nuestros estudiantes. Hoy, en cambio, la misma UNESCO 15 años después, señala que más de la mitad de los países del mundo prohíben ahora el uso de los teléfonos móviles en las escuelas.

Tal vez ha llegado la hora de recibir a nuestros niños sin smartphones en nuestros colegios o nuestras aulas, pero no a la usanza de las prohibiciones a través de intrincadas normas y severas leyes, sino mediante un acuerdo nacional con las escuelas, como se hizo hace dos años en Países Bajos.

Tal vez así, estaríamos hablando en algunos años sobre lo que Anna Holligan de BBC News Mundo escribió el 26 de marzo pasado: “Hace dos años las escuelas neerlandesas prohibieron los teléfonos inteligentes para reducir las distracciones, mejorar la concentración de los alumnos y fomentar un mejor rendimiento académico. Desde entonces, teléfonos celulares, relojes inteligentes y tabletas han sido desterrados de las aulas, los pasillos y los comedores escolares de todo el país.

Tal vez así, los maestros dejemos de ser agredidos por algunos padres, luego de decomisarles los celulares en el aula, como sucedió hace algunas semanas en otro colegio de Bosa. Quizás así, nuestros estudiantes aprendan a no vivir eternamente en otro lugar.

 

*Maestro de Filosofía del colegio Alfonso Reyes Echandía.

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