Por: Samuel Pedraza Hernández*

En una tarde, considerablemente fría, aun cuando el sol iluminaba con sus últimos rayos de despedida, ella yacía sentada observándolos, pues no hacía mucho tiempo que culminó con sus tareas del hogar. Aquel momento veraniego de sosiego se prolongaría por determinado tiempo, arma de doble filo, más que logro de instante llevadero, dado que bajo su calma subyace el mito de su conclusión, condena tortuosa de cualquier sentimiento, por más bello o intenso que sea. Este hecho no tomaría mucho en materializarse, incluso ante su propia percepción, quien tendría que resignarse a presenciarlo todo, no como espectadora, sino como figura operativa y clave de su resolución.

El sonido de unas cuantas pisadas, seguido por unas llaves que cumplen con su función, se combina con el susurro del balanceo de un llavero. Aquello, en un lapso tan etéreo, cual indescriptible, devora el silencio de una vez por todas. Ya no se podría engañar; aunque tratase de ignorarlo o de sobreponerse, todo le ponía los nervios de punta irreparablemente. Dado que se cubriese, se acostase u optara por ocultarse, presenciaría todo tal como si, justo detrás de la puerta, reparara en todas esas pequeñeces, así como se fija en los detalles del camino el prisionero a quien conducen a su ejecución. Pero justo entonces, al abrirse la puerta, todo se acabó: aquel ensueño de percepciones precipitadas y agobiadas por un tenue y morboso sentido de terror. Ahora, más que presentirlo, tendría que vivirlo, sentir, ser y existir, mientras todos los actos desembocan, como un cuerpo en caída libre, en lo que, a ojos de cualquier persona con raciocinio ordinario, cataloga como una conclusión desfavorecedora.

A lo que entró, la sala vacía y el aposento sumido en cierta melancolía frágil muy fácil de distinguir no le sorprendería. A su manera, no esperaba mucho menos de una mujer sensible, para lo cual, dentro de cierto límite, tampoco se podía admirar inversamente, pues sabía que no era algo mucho más estridente. Sabía entonces que ella no le confrontaría tan directamente a primera mano y que no tendría otro lugar al que ir. Era por completo consciente de que ella estaba en la habitación, que sufría en su interior, y maldecía no haberse tenido que enfrentar a un grave embotellamiento. Esto lo sabía, no porque estuviera sesgada, creyendo que ella le odiaba profundamente sin motivo alguno, lo cual le molestase; no, lo sabía porque, ante todo, era humana y comprendía cómo se sentía otro humano, sin justificarlo.

Mas no habría por qué precipitarse. Sabía justamente qué haría, o al menos lo que tenía planeado hacer, de manera que situó su abrigo en el sofá y se dirigió sin prisa alguna al baño, ubicado justo al lado de la puerta de la habitación. Tras lavarse las manos, naturalmente, cerró la puerta del baño, un sonido que ella escuchó con precisión fiel. Sin embargo, por más al tanto que estuviese, hubo un sonido que no escucharía: los pasos, también naturales, de alguien al salir del mismo baño en retirada. La única razón es que él no se había trasladado a lugar alguno y, por ende, reposaba allí, justo enfrente de la puerta de la habitación, como si meditase cada una de las palabras que tendría que decir ante las posibles respuestas que podría recibir. Sin embargo, para él todo era mucho más simple: tan solo tendría que cumplir con su función debidamente, lo que abarcaba cerciorarse de que ella también haga su parte apropiadamente, lo que en este caso no sucedió. Por lo tanto, él abrió la puerta súbitamente.

Entonces ella le contemplaba con desesperanza sutil y tenue, tal como la fe del ateo cuando requiere de un milagro. Pero toda esta mínima ilusión se había desvanecido en cuanto la primera puerta se abrió, así como también eventualmente lo haría el olor a cigarrillo que él tenía impregnado. Momentáneamente pudieron observarse mutuamente sin que esto implicase un contacto visual, pues mientras ella sentía vergüenza de verle a los ojos, él lo hacía por un motivo opuesto. Le observaba tan solo en su conjunto, como un estado lamentable y repugnante. ¿Eran sus manos nerviosas? ¿La manera en que se reprimía y miraba al suelo? Todo en aquella conducta, impregnada de una lástima corrosiva, le molestaba. En aquel silencio denso escuchaba sus gritos, sus lágrimas; sentía el resultado de esfuerzos desperdiciados sin un fin concreto más allá de la unidad familiar, del sufrimiento, de la prueba de que todo había sido en vano. Al mirarla, no veía nada más que una parte de sí mismo: la conciencia errada de un amor fatal; nada más que agonía. ¿Quién le devolvería su tiempo? ¿Su vida? Ya era demasiado tarde para los dos como para hablar de gratitud… o quizá solo un poco tarde para hacer lo correcto. Pero ella seguía allí, sin mirarle. ¿Acaso no seguían casados? ¿Por qué no lo comprendía? Fue entonces cuando, oportunamente irrumpiendo, llamaron a la puerta. Él abrió. Era la policía.

Poco después se sabría que los agentes acudían al llamado de cierto grupo de ciudadanos ejemplares, quienes, aterrados por las constantes peleas familiares que estallaban en el lugar cada vez que él regresaba del trabajo. Actuaban velando por el beneficio y bienestar de la comunidad. Una sabia decisión inédita. En principio, ella se sintió aliviada y él frustrado, pero pronto sabría quién fue realmente el más afortunado: el misterio que, radicado en ella, le atormentaba. La forma en la que actuaba tenía ahora sentido: la cama ocultaba nada menos que un cuchillo que ella planeaba utilizar en el momento adecuado para acabar con todo aquello de una vez por todas, sin importar lo que esto costase. Oh, cuchillo filudo y de menor tamaño. He ahí el porqué le avergonzaba ver a sus ojos, ¡si es que planeaba arrebatarle la vida!

*Estudiante de Grado Noveno del colegio Alfonso Reyes Echandía.

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