La tarde del lunes diecisiete de marzo estuvo pasada por agua. Una llovizna pertinaz caía sin piedad sobre el barrio Argelia II de la localidad de Bosa, haciendo que el intenso frío calara los huesos de sus habitantes. Allí, sobre la Avenida Bosa, en el costado occidental, se yergue el Colegio de la Bici, una imponente y fastuosa Institución Educativa Distrital de tan solo cinco años, con una propuesta pedagógica disruptiva.
No es para menos. Su rector, Willington Gómez Tovar, cree haber encontrado, conjuntamente con su equipo de maestros, el sentido locomotriz del equilibrio entre pedagogía, sostenibilidad ambiental y ciudadanía. En el interior del colegio de la Bici, un grupo de niños patea una pelota de fútbol bajo la lluvia, otros, juegan baloncesto, mientras que unos pequeños se trenzan en una partida de ajedrez justo debajo de un alar de la edificación. En el restaurante escolar, se escucha el estropicio de los cubiertos sucios y el ruido de las voces de decenas de niños y niñas hambrientos dispuestos en una fila irregular esperando su turno para recibir la ración del día: Arroz, pollo en salsa, papas criollas y jugo de fresas. Ninguno de ellos está uniformado.
Desde su oficina, a través de un enorme ventanal de vidrio, el rector Willington Gómez ve caer la lluvia. Aunque oculta parte de su rostro adusto con un tapabocas quirúrgico, sobresalen su nariz aguzada, sus cejas delgadas y cabello plateado por los años. Es bogotano, rolo, pues sus padres llegaron hace algunas décadas provenientes de Yacopí y de La Palma, dos municipios de Cundinamarca, ubicados en la provincia de Rionegro. Su padre, amante de las verónicas con las que el “viejo” Willington Ortiz, jugador de Millonarios y del América de Cali, evadía en el campo de juego las embestidas de los jugadores contrarios, no tuvo otra opción que bautizar a su hijo con el nombre de su ídolo. Su hijo, por su lado, se hizo hincha eterno del América, amante del fútbol y asiduo visitante de los estadios.
Willington Gómez vive en la localidad séptima desde que tiene siete años. Estudió en el colegio Cooperativo de Bosa, luego se hizo profesional en Ingeniería de Sistemas, se especializó en Pedagogía y lúdica educativa y es máster en Educación. Lleva 20 años de servicio en el magisterio distrital, de los cuales le ha dedicado cinco años a dirigir el colegio de la Bici. Recuerda con respeto y admiración a su maestro de matemáticas de la secundaria, Pablo Villalobos, de quien dice era un hombre adelantado para su época. “No basta con ser bueno en matemáticas, además hay que aprender a ser una buena persona”, recuerda con nostalgia las enseñanzas de su maestro. Pertenece a una familia numerosa de maestros y pedagogos.
“El colegio de la Bici encuentra su razón de ser en la declaratoria que hiciera el alcalde Enrique Peñalosa en 2018, cuando consagró a Bogotá como la Capital Mundial de la Bici. Por lo tanto, nuestra institución no puede ser una escuela tradicional, sino una escuela disruptiva, que se piensa desde la bici”, dice con convicción.
El rector hace recordar “El génesis de la bicicleta”, la columna que escribió el joven García Márquez en 1950 en la Jirafa, su espacio en El Heraldo de Barranquilla: “Fue entonces cuando Adán atravesó el paraíso sentado sobre una idea, moviendo los pies para hacer girar un pedal metafísico, y Eva no pudo explicarse racionalmente el principio físico”. No es difícil imaginar a Willington Gómez atravesar el paraíso de la desgastada escuela prusiana para convocar a su equipo de trabajo, con la idea de crear los principios cimentados en la bicicleta del edén y que más tarde, después de tanto pedalearse los sesos, crearon los cuatro pilares que le dan sentido a su apuesta pedagógica, suerte de “proyecto integrador”, que recrea la vida escolar de todos los estudiantes: Movilidad sostenible y cultura vial, sostenibilidad ambiental, cultura ciudadana y estilos de vida saludables.
Así que cuando todos en el colegio de la Bici lograron ponerle pedales al equilibrio pedagógico, descubrieron que no era justo que Eva se desplazara sobre la bici con las incómodas faldas dejando al descubierto su centro de gravedad, por aquello, eso sí, de una profunda comprensión de un enfoque de género. Entonces, entendieron el verdadero sentido de una escuela con enfoque diferencial y con equidad y, luego de la pandemia, decidieron que los estudiantes no usarían uniformes. ¿Por qué? “Porque el mundo es cada vez más diverso y una escuela disruptiva no puede uniformar la diversidad”, dice con voz suave. Willington Gómez reconoce que esta ha sido una apuesta arriesgada, pero con el tiempo los índices de bullying han disminuido en su colegio, en buena medida porque cada estudiante se muestra tal como quiere ser reconocido. “Hemos avanzado hacia el reconocimiento de la diferencia, hacia una escuela abierta y diversa”, agrega.
Hoy, 23 de los 49 maestros de la institución y 200 de los 1080 estudiantes llegan al colegio en bici, lo que indica que la apuesta pedagógica que hizo con sus maestros por una escuela sostenible, que forma en cultura vial y hábitos saludables, empieza a formar ciudadanos ambientalmente responsables. Aunque también tienen otras iniciativas como: “Mujeres al surco”, suerte de huerta desarrollada por algunas madres del colegio; el proyecto STEAM+H; una pequeña estación meteorológica con pluviómetro incluido; un centro de formación filarmónico local y la “escuela de la bici”, donde se enseña a montar bici a todo aquel que se atreva a colocar sus dos pies en el aire y dar pedalazos metafísicos por el paraíso urbano. Además, en las instalaciones del colegio, en lo que ellos llaman el “bloque ocho”, funciona un SENA. “Es el único colegio del país que lo tiene”, dice orondo.
Los bici-estudiantes, si tal remoquete existe, al graduarse en el colegio de la Bici, reciben un título de bachiller académico y otro, otorgado por el Sena, bien sea en Técnico en mecánica de la bicicleta de gama alta o Técnico en gestión cultural o Técnico en patronaje industrial para la fabricación de ropa deportiva. Todo ello, ha hecho que Willington Gómez viva la educación con esperanza: “La escuela debe autotransformarse, cambiar sus prácticas pedagógicas y asumir los retos que la sociedad está demandándonos”, dice con vehemencia.
“Da-da-da-Dum, Da-da-da-Dum”, tararea alguien en uno de los pasillos del colegio, siguiendo las notas de la obertura de Guillermo Tell de Rossini que anuncia el fin de la jornada escolar para los estudiantes de Ciclo V. “Da-da-da-Dum, Da-da-da-Dum”. Son las 3:00 p.m.
