El día que La Mochila llegó a Macondo

Por: Danis Cueto*

En Macondo, García Márquez teje historias. Una fascinante habilidad que descubrió acaso antes de cumplir siete años, cuando encontró por esas cosas del destino en casa de sus abuelos maternos y, para suerte nuestra, en un arcón cubierto por gruesas capas de polvo, una versión descuadernada de Las Mil y una noches. Dicen que el pequeño Gabriel leyó, con ojos de niños destinados a ser inmortales, las historias extraordinarias sobre genios encerrados por castigo en una botella y alfombras voladoras que Sherezade le contaba al sultán Shahriar en una interminable narrativa, noche tras noche.

También a la edad de siete años, mientras la mujer que me trajo al mundo chapoteaba el barro de Las Malvinas, ese lugar del sur occidente de Barranquilla olvidado por Dios cruzaba la ciudad hasta llegar al norte y lavar la ropa de los ricos, en una suerte de verónicas para esquivar con habilidad materna las embestidas de nuestra miseria, empecé a fascinarme con las historias mágicas de Macondo, ese mundo donde todo es posible.

Desde entonces me han acompañado para siempre las historias de Melquíades, aquel “gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión”; la de Francisco el Hombre, el anciano monolítico de casi doscientos años con los pies agrietados por el salitre, que “cantaba las noticias con su vieja voz descordada”, acompañándose con su acordeón arcaico y cobrando dos centavos por divulgar en sus cantos los acontecimientos  de los pueblos que visitaba en su itinerario; la del doctor Alirio Noguera que decidió ocultarse en Macondo y calmar su sangre federalista revolucionaria por algunos años, pero que ante la proximidad de las primeras elecciones halló “el hilo que le permitió encontrar de nuevo la madeja de la subversión”. Úrsula, José Arcadio, el coronel Aureliano Buendía, Pietro Crespi, Pilar Ternera, Remedios, Amaranta, etc., son portadores de su propio ovillo mágico.

La Mochila, de la que soy solo un hilo en el inmenso tejido, surgió de las incontables historias anónimas que surgen en la escuela y que aguardan en el arcón de la imaginación. Siempre he creído que la escuela es, como Macondo, es decir, como un vasto territorio mágico donde surgen y se entrecruzan las historias de amores y desamores, de sueños y delirios, de incautos y malandrines, entre otros antagonismos que acontecen in situ y que necesitan ser contadas. Ojalá, como lo hace la intensa contadora de Las mil y una noches.

Entre sueños y delirios, un buen día perdido en los anales del año 2023, me reuní con Andrea Carolina Méndez, otra amante de las historias bien contadas, y presentamos la iniciativa, con tan mala suerte que no hubo en el desmedrado patrimonio institucional, asignación para nuestra empresa. Sin embargo, la llegada de William Chávez a la rectoría de nuestra IED nos devolvió la esperanza. Con los días, los tres estábamos envueltos entre tonos y texturas, isotipos e imagotipos que fueron configurando lo que ustedes hoy conocen como: La Mochila, revista educativa. William Chávez, rápidamente mostró sus habilidades en el diseño. Tiempo después, supe que su padre era diseñador gráfico. Andrea Carolina, por su parte, también se hizo sentir con un conocimiento del tema que vaya uno a saber de dónde lo adquirió. Mi ignorancia sobre el particular, la ocultaba detrás de un vergonzoso silencio.

Más tarde que temprano descubrimos que nuestros conocimientos en programación y desarrollo web eran tan profundos como una papaya. Entonces, apareció Fabián Barahona, noble y afable, como lo ha sido desde el día en que su madre lo arrojó al mundo, y se convirtió en nuestro Community Manager. Los días y las necesidades de las redes sociales trajo a nuestra presencia a Andrés Castro, hombre de rostro adusto y vestido siempre con trajes sobre medidas. Así, La Mochila dejó de ser un proyecto y, el 20 de enero del presente año, se convirtió para siempre en su efeméride. Ese día descubrí que nos habíamos convertido en una cofradía delirante.

La Mochila no es la escuela, pero la escuela sí es como Macondo. Allí, entre enormes autopistas de bits, se encuentra la historia del niño de octavo grado que escribe relatos de terror a escondidas de su madre, quien, atrapada en su fe cristiana, no aprueba su fascinación por este género narrativo; el relato de su compañero de grado que escribe desde sus entrañas acerca de su pasión por la esgrima con una madurez y una fluidez superior a la de muchos adultos que conozco; el de la profesora que había regresado al país, luego de hacer una maestría en Argentina, y decidida a hacer patria se insertó en las profundidades del Catatumbo, pero el ruido de la violencia la sacó de manera precipitada del lugar; la historia del niño que se presenta con el seudónimo de “perro condenado”; la crónica del director de una modesta escuela privada a orillas del oprobioso río Tunjuelito que enseña a sus estudiantes a través de historias cotidianas; la del rector del colegio de la Bici que cree haber encontrado el sentido locomotriz del equilibrio entre pedagogía, sostenibilidad ambiental y ciudadanía tan solo con dar pedalazos metafísicos con los pies en el aire.

Ese venturoso 20 de enero llegó La Mochila para quedarse y, se convirtió en un espacio mágico donde todavía es posible ver volar las alfombras y a los genios encerrados en una botella esperando que alguien los libere de su encierro. La Mochila nos recuerda todos los días aquello que García Márquez alguna vez dijera para la posteridad: “que el mundo se dividide entre los que saben contar historias y los que no” [saben contar historias].

 

*Docente del Colegio Alfonso Reyes Echandía, IED.

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