Por: Juan David Bermúdez Rojas*
Las noches bogotanas son frías. En los días que corren, la calle 22 y sus alrededores son solitarios en las noches. Después de las 7:00 pm, este lugar y parte de la ciudad se apagan, pero hace 100 años no era la cosa tan así. Corría una fría noche de mayo de 1922. Parejas y familias salían de los cines y teatros, y el tranvía circulaba a lo largo de la Carrera Séptima. Una noche común y corriente, en la Calle 22, se gestaría un horrendo crimen, marcado por la sombra de una figura siniestra que actuaría desde las sombras: el “fantasma de la madrastra”.
Un hombre de unos 40 años llevaba sombrero y traje de gala, oscuro. Venía de visitar a su novia y se dirigía a su casa, en el occidente de la ciudad. Preparado para el temor de todo bogotano del presente y pasado, un aguacero, llevaba consigo un paraguas.
Al mismo tiempo, en la esquina de esa misma calle 22 con Carrera Séptima, dos sujetos de ruana y sombrero estaban tomando chicha. Vigilaban a quienes circulaban por la calle, departían y cantaban con conocidos; era un par de borrachos que frecuentaban la zona. Cuando ven que se asoma una figura de traje y sombrero, emprenden camino hacia el oriente.
Tan pronto se encuentran con el hombre, este piensa que será asaltado, y empuña su paraguas para defenderse. No se trataba de un asalto, no buscaban robarle sus pertenencias, sino asesinarlo. Uno de los verdugos de su ruana saca un puñal y se lo entierra varias veces a la altura de la vejiga, mientras que el otro lo remata con un martillazo en la cabeza.
En una ciudad en constante movimiento, no faltó la algarabía. Los transeúntes avisaron a la policía, que emprendió la persecución de los sospechosos. Pronto, uno de ellos, Pedro Carlos Chávez, cayó en manos de las autoridades. El malherido hombre que quedó en la 22 era Roberto Barrera Phillips. El moribundo logró tomar un carro en la avenida de la República (Carrera 7 entre calle 22 y 26), y se dirigió a la casa de su novia. De allí fue trasladado a un hospital. Después de 24 horas, murió el 31 de mayo. Uno de los sospechosos estaba en poder de la policía; al día siguiente, su cómplice también fue capturado. Era Roberto Martínez, quien había apuñalado varias veces al occiso. El reto de las autoridades ahora era investigar las causas que rodeaban el “crimen de la calle 22”.
Transcurridos dos años del asesinato, el 21 de julio de 1924 se iniciaron las audiencias correspondientes. Además de los dos sospechosos capturados, estaban presos también Bernardo Galindo, amigo de la víctima, Marcelino Rubio Samper, enlace entre los autores intelectuales y los materiales, y Francisco Barrera, primo hermano de la víctima. También se mencionaba en voz baja entre el público el nombre de María Teresa Zúñiga de Barrera, la segunda esposa del padre de la víctima.
El crimen había interesado al público en general. Eran varios y distinguidos los abogados defensores, algunos eran profesores de la Escuela de Derecho. Destacaba un joven de unos 26 años, próximo a graduarse como abogado. Hacía un mes, su nombre había resonado en la prensa bogotana, por ser el defensor de una de las implicadas en el “crimen de la Ñapa”. Esta misma figura, Jorge Eliécer Gaitán, sería en pocos años una importante figura de la política colombiana.
El primer día de audiencias se usó para la lectura de un voluminoso expediente que hacía dos años venían escribiendo los investigadores. Al día siguiente comenzaron los alegatos. Chávez, el primero en ser capturado, prosiguió a dar una descripción de los hechos, el estado de su borrachera y la defensa que dio la víctima antes de ser asesinado: “se defendió con el paraguas, nos decía: chivatos sinvergüenzas”. Por último, alegó que quien los contrató y organizó todo fue: Francisco Barrera: “Quería matar a alguien de su familia que era muy rico, pero muy tacaño”.
En la tercera sesión fue el turno de Barrera. Empezó sus alegatos y testimonios, acusando a la señora Zúñiga de Barrera de ser la instigadora del asesinato de Barrera Phillips. Describió un romance entre el acusado Galindo (amigo cercano de la víctima) y la señora Zúñiga, y alegó que esto se le confesó el mismo Galindo en la celda 13 del Panóptico, donde recurrentemente recibía cartas de amor de la señora. La señora ya había sido acusada antes y duró un tiempo en prisión durante 1922. Sin embargo, se le dio la libertad durante el juicio, en consideración de los cinco hijos menores de 10 años que tenía.
Al día siguiente es el turno de Galindo. Este refutó las afirmaciones de Barrera, las negó y se enfrentó en los estrados con él. Sin embargo, sí confesó los amoríos que tenía con la mujer, desde años atrás. En la siguiente audiencia era el turno de Marcelino Rubio Samper, quien le cedió su palabra al doctor Mauricio Ospina, su abogado. No había nada que negar, aceptaba su vinculación con el asesinato. Samper era un sujeto ya con un largo prontuario. Se reunió con Martínez y Chávez en la Tienda Níquel y les propuso el negocio. Según él, después no participó más. Cabe agregar que el abogado también hizo énfasis en la injusticia social reflejada en la sala de audiencia, pues Barrera y Galindo se sentaban en sillas cómodas, siempre de traje y muy elegantes, mientras que los otros, de ruana y sombrero, tenían que sentarse en una vieja e incómoda banqueta de madera.
El 30 de julio, continuó la audiencia. Los cronistas de diferentes periódicos describen que, a medida que pasan las audiencias, se veía un número mayor de mujeres que asistían vestidas de negro, reflejando un luto particular. Estimaban que al salón Olympia, asistían a las audiencias alrededor de unas 1500 personas. Era el turno de Martínez, un muchacho de 25 años, que dio la palabra a su abogado, Jorge E. Gaitán. Él venía a la par, participando como defensor en el juicio contra “Vélez Lora”, donde el día anterior había obtenido varios elogios por sus alegatos de defensa.
Gaitán tenía una nueva oportunidad para brillar. Inició defendiendo a la señora Zúñiga de las acusaciones que se le hacían, desvirtuó las cartas de amor como pruebas y alegó por sus hijos. Posteriormente, retomó las palabras del día anterior. En esta ocasión, todos los acusados estaban sentados juntos en la misma banqueta. No alegó la inocencia de su defendido, sino la manera en que debía ser juzgado. Propuso y explicó detalladamente las categorías de: “La moral, la predeterminación y las condiciones sociales”, para ser aplicadas a su defendido.
Los elogios sobraron, los asistentes quedaron fascinados con las explicaciones del doctor Gaitán. Él ya se configuraba como un conferencista que agradaba a la prensa y a los asistentes de las audiencias. Iniciado el mes de agosto, Galindo pidió intervenir nuevamente. Quería hacer una confesión. Describió detalladamente su relación con la señora Zúñiga, “sus encuentros de balcón”, y su responsabilidad en el asesinato. Según él, en cada encuentro que tenían, ella le exigía resultados. Se interesaba porque el crimen se diera para que sus hijos fueran quienes heredarán la fortuna que tenía Barrera Phillips. De igual manera, describió que cuando esta se enteró de que la víctima no había muerto de inmediato, planeaba la manera de envenenarlo.
En las próximas audiencias, se siguió hablando del papel de la señora Zúñiga. Era como un fantasma, que aparecía y desaparecía en los estrados. Chávez, Martínez y Rubio Samper, no tenían ni idea del papel de la señora; simplemente habían sido contactados para el hecho material. Finalmente, el 27 de agosto se dictó orden de captura contra la señora. Al día siguiente ya se había efectuado y los cinco implicados debían recibir su condena. Chávez, Martínez, Barrera y Galindo, fueron condenados a 20 años de prisión; por su parte, Rubio Samper fue condenado a 6 años.
El proceso contra la señora Zúñiga de Barrera quedó abierto. El doctor Rafael Escallón asumió su defensa. En septiembre de ese año, nuevamente son confrontados Francisco Barrera y Bernardo Galindo. Les tomaron declaración y fueron devueltos al Panóptico. Sin embargo, en medio de este traslado, Barrera logró despistar a los distraídos guardias y escapó rumbo a Brasil. A mediados de 1925, la acusada es declarada culpable de instigar a cometer el delito. Sin embargo, no se le consideró peligrosa y, por consideración de sus hijos, no fue enviada a prisión.
La herencia pasó a manos de un hijo de Roberto Barrera. Los hijos de la señora Zúñiga no vieron ni un peso. Cinco años después, la prensa titulaba el escape de Bernardo Galindo del Panóptico de Tunja y la posibilidad de que hubiera huido rumbo a Brasil a encontrarse con su amigo Barrera. Finalmente, quienes pagaron por el crimen fueron los miserables delincuentes que vendieron sus servicios por unos pocos pesos, mientras que los otros huyeron al extranjero. La posible autora intelectual apareció en los estrados como la mayor culpable y desapareció como fantasma en medio del recuerdo del crimen de la Calle 22.
*Investigador del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz, egresado de la IED Alfonso Reyes Echandía (2021). Estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia.
