La verdadera liberación no nace del consenso

Por Cristóbal Arteta Ripoll

Jürgen Habermas murió hoy 14 de marzo de 2026, a los 96 años en Starnberg. Un golpe fuerte para la filosofía viva.

Tuve la oportunidad, en el Congreso Mundial de Filosofía en Atenas del 2013, de compartir con él y un destacado grupo de docentes nuestros, entre ellos: José Gabriel Colley, Numas Armando Gil, Eduardo Bermúdez y René Campis. En la foto se ve el momento en que le regalo el libro que acababa de publicar: El poder de la ética, desde la perspectiva filosófica latinoamericana.

Jürgen Habermas, el último gran arquitecto de la razón europea. Su ‘acción comunicativa’ prometía una democracia sin dominación: diálogo puro, consenso racional. Pero desde el Sur, desde el oprimido, lo vemos claro: esa mesa siempre está puesta en el Norte. ¿Y nosotros? El pobre, el colonizado, el esclavo moderno… quedamos fuera. 

Desde América Latina lo vemos distinto. Ese ‘diálogo’ siempre presupone una mesa donde el Norte ya está sentado. ¿Y el Sur? ¿El pobre, el colonizado? Nos deja fuera.

Habermas no vio —o no quiso ver— que la verdadera liberación no nace del consenso, sino de la ruptura. Del grito del otro que no entra en el sistema. Lo respeto como gigante, pero su ética es todavía eurocéntrica: habla de libertad, pero no de descolonización. Y eso, en el fondo, es lo que separa al filósofo del liberacionista.

Su ‘acción comunicativa’ era un sueño bonito: diálogo sin poder, consenso sin sangre. Pero, desde el Sur, sabemos que esa mesa nunca fue nuestra. El Norte la pone, el Norte la preside, y el pobre —el negro, el indígena, el obrero— solo entra como invitado mudo. Habermas no entendió que, en muchas ocasiones, la verdadera liberación no es un debate educado: es un incendio. Es romper la mesa, no sentarse en ella. 

Su inteligencia merece respeto, pero su ética es un lujo colonial: habla de libertad mientras el otro muere en silencio. Y eso no es filosofía, es complicidad. Desde América Latina, decimos: basta de consenso para jugar a la nada. La liberación empieza cuando el oprimido grita y no pide permiso.

Aunque lo critiquemos, no podemos negar que fue un titán:

Hay que reconocerlo: fue un gigante. Nadie como él puso la razón al servicio de la democracia, nadie como él creyó —con ingenuidad heroica— que el diálogo podía salvarnos. Lo leímos, lo discutimos, lo usamos para construir. Y aunque su mundo no nos incluyó, su lucidez nos obligó a responder. 

Gracias, Jürgen, por ser el espejo que nos mostró lo que faltaba: no la paz del consenso, sino la justicia del grito. Descansa, maestro. El Sur seguirá luchando.

Barranquilla, 14 de marzo de 2026.

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