Por: Briyith Díaz Camacho*
No sé por qué me dan ganas de escribir,
quizás porque nunca las dejé partir.
Sentada en mi cama, contemplo el rincón,
donde aún habitan recuerdos y amor.
Cada espacio guarda lo que un día amé,
las huellas profundas de lo que entregué.
Y aquello que vive latiendo en mi pecho,
como un fuego antiguo que no está deshecho.
Extraño la dicha que un día sentí,
la paz tan inmensa que crecía en mí.
Extraño las tardes, la dulce presencia
que aliviaba mi alma con su esencia.
Extraño la brisa rozando mi piel,
su voz susurrando que todo iba bien.
La vida sencilla, sin miedo ni afán,
los días ligeros que no volverán.
Extraño esa alma que me daba abrigo,
sus sabios consejos, su risa conmigo.
Cuando salir era mi mayor alegría
y el mundo brillaba si cerca me oía.
Y extraño aquel chico de pelo azabache,
su amor tan sincero, sin miedo ni alarde.
No sé en qué momento cambió lo que fue,
ni cuando su dulce mirada se fue.
Quizás se lo ha llevado el tiempo consigo,
o vive en silencio, muy dentro de mí.
Un eco lejano que intento alcanzar,
un sueño que el alma no quiere soltar.
Extraño esos días que me hacían vivir,
que abrían caminos y me hacían sonreír.
Hoy la monotonía me envuelve despacio,
y busco en recuerdos un poco de espacio.
Me duele esta ausencia que crece y no calla,
la vieja nostalgia que dentro estalla.
Y aunque los recuerdos me inviten a ver
aquello que un día no pude retener,
al final del día regreso a mi cama,
con todos los nombres que guarda mi alma.
Y sigo extrañando lo que un día fue,
*Estudiante de Décimo Grado del colegio Alfonso Reyes Echandía.
