Por La Mochila
“Buenos días. Bienvenidos al Humedal Tibanica, Portal de los Altares” —dijo con voz destemplada. Tenía la piel dorada por el sol de Los Andes y sobre su cabeza un sombrero pesquero de color verde con el logotipo de la Secretaría Distrital de Ambiente del que se le escapaban unos jirones de su cabello profundamente negro. Vestía una chaqueta celeste, jean raído y unas botas pantaneras azules. “Vamos” —indicó el camino con sus ojos pequeños y recios. Tiempo después, cruzamos una reja metálica que nos introdujo por un delgado camino que serpenteaba sobre el copioso pastizal y la seguimos en fila india.
Tina Fresneda es la persona que mejor conoce el Humedal Tibanica. Nadie como ella identifica las relaciones bióticas y abióticas que interactúan con una inteligencia natural sobre el ecosistema que se convirtió en el proyecto de la vida que le fue dado a vivir. Ha logrado con cada ser vivo, ocasional y habitual, que visita cada centímetro de las 27 hectáreas que conforman el humedal, una conexión profunda que no se logra ni en esta vida, ni en muchas otras vidas, ni mucho menos en ningún aula de clases. Es una relación mágica que comenzó hace más de dos décadas y hoy se nutre con la simplicidad del suave viento frío que desciende de los Cerros Orientales, para desparramarse por toda la sabana capitalina para acariciar la piel dorada de Mamá Tibanica y bendecir las almas de todos aquellos héroes anónimos que han trabajado a su lado durante todos estos años.
“Mamá Tinanica” —como algunos le dicen— no habla de su vida íntima como tampoco de Dios, por el contrario, dice que la Pachamama “es mi medicina, me da todo lo necesario para ser feliz, me hace ser una persona diferente, especial” —dice mientras se detiene antes de ingresar a una pequeña área protegida y aislada del resto del ecosistema. “Hola, hermano colibrí, no habías vuelto” —dijo con voz fraterna. “Esta es nuestra parcela de polinización, la he construido con mis propias manos, como buena campesina boyacense que soy y con dinero de mi propio bolsillo”.
Mamá Tibanica ha logrado construir en tan solo cuatro años su parcela de polinización, un minúsculo ecosistema dentro de un ecosistema mayor. Con sus manos laboriosas sembró plantas (margaritas, agapantos, romeros, salvias, abutilones, mermeladas, etc.) que con sus flores sirven de néctar para que otras especies, como su hermano colibrí y sus hermanas, las abejas, por ejemplo, puedan fecundar la tierra. “Es mi forma de contribuir con la lucha del cambio climático y solidarizarme con la soberanía alimentaria de los otros seres vivos, incluidos los seres humanos, la especie más dañina de todas las que habitan el planeta”, agrega sin vacilaciones.
Tina Fresneda, sin saberlo, comparte una de las inquietudes más apremiantes de uno de los pensadores occidentales más provocadores de la actualidad, Yuval Harari: “Si los sapiens somos tan sabios, ¿Por qué somos tan autodestructivos?” Pues esta mujer que vive en el humedal cada uno de los siete días de la semana, no ha necesitado estudiar ni en Harvard, Oxford, Helsinki, etc., para entender que la Madre naturaleza, acaso la Pachamama, es la mejor aliada para aprender el respeto y lograr la convivencia entre todos los seres vivos. Así es “Mamá Tibanica”, una erudita del cambio climático, una docta empírica del humedal, poseedora de un saber ancestral originario qué, desde el sur occidente de la ciudad, en límites entre la localidad de Bosa y el municipio de Soacha, Cundinamarca, contribuye con la soberanía alimentaria de todos los seres vivos que vivimos en el planeta Tierra.
Dice que no celebra la Navidad porque no podría luchar contra el cambio climático si tiene un árbol plástico rodeado de luces que consume energía durante toda la noche. Cuando se le pregunta por las especies que habitan el humedal, no duda en afirmar que el copetón come semillas, las abejas, las ranas sabaneras, el colibrí chillón, etc. “La Tingua bogotana ya no nos visita —dice con melancolía.
Tiempo después, nos volvió a encaminar por el sendero serpenteante y nos llevó hasta una “cama de compostaje”. “Aquí, preparo el abono orgánico para abonar las plantas de la parcela de polinización” —afirma mientras sus pequeños ojos buscan algo en medio del compostaje. “Mamá Tibanica” ha logrado este compost a partir de los residuos orgánicos que trae de su propia casa, así como los de algunos vecinos del humedal que se los dejan periódicamente a un costado de la reja metálica que habíamos cruzado para ingresar al lugar. Después, nos llevó hasta un “espejo de agua” del que salían unas plantas acuáticas con unos tallos alargados y delgados con espigas de color café: “Junco californiano” —se precipitó a decir antes que le preguntáramos. Sin embargo, “con el tiempo han dejado de visitarnos muchas aves acuáticas y migratorias, por la falta de calidad del agua de nuestro espejo y al déficit hídrico de la misma” —agregó. Frente a las aguas frías, también nos dijo que Tibanica significa en lengua muisca: “Portal de los Altares”.
“El Humedal Tibanica es un lugar para aprender de otras formas de vida más inteligentes y menos dañinas, es como un aula viva para la educación y la investigación ambiental” —dijo sin perder un segundo su vitalidad—. No es para menos. Al humedal llegan todos los días maestros con estudiantes de muchos colegios de la Localidad, mientras que otros, realizan su servicio social los sábados por la mañana y es ella, quien los recibe y les enseña todo lo que ha aprendido del humedal, lo que a su vez ha aprendido de su hermano colibrí, sus hermanas las abejas, sus hermanas las ranas sabaneras, su hermano el copetón come semilla, entre otros.
—¿Por qué habla de Pachamama? — preguntó uno de nosotros.
— Pachamama nos enseña a ser responsables de nuestros actos, nos invita a no culpar a nadie y a autocorregir cada vez que nos equivocamos. Pachamama nos enseña lo que no sabemos sobre ella, nos recuerda lo que no sabemos, porque, en últimas, no sabemos nada. … Y yo solo sé que nada sé —finalizó.
