Un amor silencioso entre nieblas, papas, dulces, aromáticas y cafés

Por La Mochila, revista educativa.

Allí estaban, justo al final del antejardín de la edificación, envueltos entre la niebla fría de las primeras horas de la mañana.  Allí estaban como lo han estado desde el primer día de aquel 2005, ya perdido en el tiempo, cuando apenas si lo que hoy conocemos como colegio Alfonso Reyes Echandía, era tan solo un cúmulo de sueños inciertos, casetas transformadas en aulas improvisadas y entusiastas maestros  que llegaban a enseñar ataviados con botas pantaneras, mientras  los niños jugaban al lado de una vasta llanura verde donde pastoreaban las vacas y el impetuoso río Tunjuelito vertía sus aguas fétidas sobre los pastizales.  

 

Don Elías recuerda con una sonrisa sardónica en sus labios aquellos domingos cuando bajaba del páramo en su Land Rover modelo 66 de color verde y recogía, en la falda de la montaña, a doña Margarita para luego llevarla al pueblo. Apenas si rozaba los 21 años y ella siquiera sus 15 primaveras. Durante la semana, como buenos amantes furtivos, se cruzaban miradas mientras se dedicaban a cultivar papas y a hacer otras faenas agropecuarias. Allí, en el frío de las montañas de Úmbita, Boyacá, nació el amor. Durante la semana, él miraba hacia abajo, hacia la parcela vecina. Ella, por su lado, miraba hacia arriba, hacia el páramo y, entre la bruma de la mañana y la niebla de la tarde, sus ojos se cruzaban. Era un juego visual de una inocencia inusitada que encontraba su mayor éxtasis los días de mercado. Así, lograron tejer el idilio que los ha tenido juntos los últimos 32 años.

 

Doña Margarita es de baja estatura, tiene los ojos azules y pequeños, siempre con una sonrisa en sus labios, es amable y sencilla. Cada vez que habla, lo hace con profundo respeto. Don Elías, es más alto, corpulento, también tiene los ojos azules y pequeños y una nariz grande. Como ella, es amable, sencillo y respetuoso. Margarita Martínez dejó a mediados de los años noventa su pueblo natal, llegó a Bosa, Palestina, se empleó en una panadería de mesera y, tiempo después, él se vino detrás de ella. Un año después se casaron: “por lo católico”, dice ella con orgullo. Él la vuelve a mirar como lo hacía desde el páramo y le vuelven a brillar los ojos.

 

Doña Margarita se despierta todos los días a las tres de la mañana a hervir el agua con la que prepara los primeros cafés y aguas aromáticas de la mañana. Luego, se hace en un lugar estratégico, coloca una pequeña mesa azul y sobre esta un canasto en el que se pueden ver ocho termos. Es un oficio que logra alternar fielmente con sus quehaceres domésticos.  En su costado izquierdo, no muy lejos de ella, se puede ver a don Elías, siempre jovial, en su bicitaxi, convertido en una enorme tienda ambulante de dulces, galletas y toda suerte de galguerías. Los dos viven desde hace más de 15 años de la economía popular; por ello, tienen la piel dorada por el frío y el sol de los Andes, actividad que les ha permitido levantar su casa y educar a sus dos hijos. Los fines de semana trasladan su negocio al parque San José de Meryland, ubicado a pocos metros del colegio, y despliegan su economía al servicio de deportistas y recreacionistas que llegan desde distintos lugares de la localidad. “Trabajamos todos los días, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde; “estas son nuestras oficinas”, dice don Elías con voz firme señalando el antejardín del colegio y el parque Meryland.

 

Omar es el mayor de los hijos del matrimonio Bohórquez Martínez. Es psicólogo. Lo educaron con créditos bancarios que pagaban religiosamente con el fruto del trabajo popular, pero “el chino salió buen estudiante y terminó su carrera becado por la universidad. Un alivio para el bolsillo”, agrega con orgullo don Elías. Michael estudia séptimo semestre de Administración de Empresas en una prestigiosa universidad pública del centro de la ciudad; también está becado. Estudió su Educación Inicial, Primaria y Bachillerato en el colegio Alfonso Reyes Echandía. Siente una admiración por el trabajo que desarrollan sus padres; nunca, dice, se ha sentido menos que nadie, ni ha sentido vergüenza por el oficio de ellos. Todo lo contrario. “Mis papás son sus propios jefes, tienen sus propios horarios de trabajo. Son la mejor fuente de motivación que tengo. La disciplina de ellos me ayuda a profundizar en los negocios y afianzar mis ideas en la organización administrativa y empresarial de un emprendimiento que tengo en mente”, señala con voz firme. Michael distribuye su tiempo entre las clases de la universidad y apoyando todos los días a sus padres en la empresa familiar.

 

Cuando la brisa fría de la Semana Santa y el aroma de las fiestas de San Juan anuncian las vacaciones escolares, la familia Bohórquez Martínez viaja a Úmbita a cultivar papa en una tierrita que han logrado conservar con mucho esfuerzo. Don Elías aún recuerda con mucha nostalgia aquel primer día, cuando logró ver desde la terraza de su casa la primera volqueta que trajo la primera piedra para construir el colegio Alfonso Reyes Echandía. La familia Bohórquez Martínez ha logrado tejer durante más de dos décadas un conjunto de recuerdos e imágenes compartidas, construyendo la memoria e identidad colectiva de todos los que habitamos y vivimos en el “Echandía”. La memoria de nuestra institución no será completa sin lo que el amor silencioso de doña Margarita y don Elías aún tienen por decir.

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