Por: Danis Cueto*
El día de ayer un fuerte rayo de sol atravesó las ventanas de nuestro salón de clases y golpeó con mucha fuerza mis ancas. Solo entonces pude salir de mi abstracción y vi, justo al frente de la pizarra, a la profe de Filosofía
Luego, le escuché decir que la ciudad de Delfos era «la cuna de la civilización occidental». ──Según los antiguos griegos, Zeus deseaba saber dónde quedaba el centro de la Tierra y para averiguarlo soltó dos enormes águilas en cada uno de los extremos del Universo ──dijo con voz grave. Tiempo después, las aves se encontraron en un lugar al que llamaban Delfos, cuya característica geográfica más notoria era una enorme piedra ovalada a la que le decían «ónfalo», ombligo. Desde entonces, Delfos es el centro del mundo.
── ¿Qué tiene que ver Delfos con la iglesia de San Bernardino de Bosa, Centro? ¿Qué relación existe entre su piedra ovalada y el Salto del Tequendama? ¿Delfos no está muy lejos de Bosa cómo para que usted venga a hablarnos de esa ciudad? ¿Qué tiene que ver todo esto con lo que somos? ──croé desconsolado.
── ¡No lo sé, joven Chiguasuque! Ojalá entre todos podamos encontrar la relación entre su realidad y la fascinante Delfos. Por ahora, le puedo decir que así como en Bosa, Centro, se encuentra la iglesia de San Bernardino, en Delfos también había un templo construido en honor al dios Apolo. En el frontón occidental de éste, se hallaba escrito la frase: «Respeta el límite» y en el costado oriental lograron representar a Dionisos, dios del caos e infractor de todas las reglas.
──No entiendo ──dije dando un saltito huyendo del sol.
──Querido Rany, Apolo era el dios de la razón y Dionisos el dios de las emociones. Para los griegos lo que estaba en los muros del templo de Delfos no era otra cosa que la expresión de la vida humana. Somos mitad razón y mitad emociones, pero lentamente la razón fue opacando las virtudes de Dionisos…
Un fuerte ruido se escuchó en todo el “Echandía” interrumpiendo todas las clases. Segundos más tarde todos estábamos reunidos en los espacios seguros a los cuales debemos acudir en caso de un sismo.
Después del alboroto, visité la biblioteca. Mientras Rafael, nuestro bibliotecario, se hundía en lo más profundo de los armarios en búsqueda de Los amigos del hombre, el libro de Celso Román que le había pedido desde la última vez que estuve en este lugar, pude ver en el primer piso a Rita Neuta con una bata de color blanco. Estaba oculta detrás de una enorme lupa con la que agrandaba las minúsculas partecitas de un insecto para luego dibujarlas en una hoja de papel.
Desde el segundo piso, venían las voces alteradas de algunos profesores. Discutían si bien lo recuerdo sobre Macrocurrículo, Mesocurrículo y Microcurrículo. No sé qué significan estas palabras ni cuál sea su relación con lo que somos los que nacimos en estas tierras frías. Sin embargo, hubo algo que llamó mi atención: Alguien dijo con voz gastada por los años que a nuestras aulas deberían llegar la inteligencia artificial, las nuevas masculinidades, el papel que las emociones juegan en todo lo que aprendemos en las aulas, la lectura debe ayudarnos a desarrollar nuestro pensamiento, etc., tenemos que preguntarnos por qué no llueve en el páramo de Chingaza, por qué el agua moja o cómo vamos a resolver los bogotanos nuestro problema con el agua. Nuestros estudiantes deben aprender a formularse preguntas que aún ni siquiera saben formular y mejor aún: que aún no tienen respuestas.
Me fui del lugar con el libro de Celso Román en la maleta. En la puerta principal del colegio vi a René Chitiva. Estaba llorando. Días después supe que sus lágrimas eran porque su novia, una niña que estudia en La escuela de la duda, lo había mandado al polo norte a «halar trineos».
Nota: Rany Chiguasuque es el cronista de Lo cotidiano de la IED Alfonso Reyes Echandía. Un narrador de todo lo que acontece en la vida escolar del colegio.
* Docente Colegio Alfonso Reyes Echandía
