Por: Danis Cueto*
El sábado en la mañana vi a Edgar Riveros en el restaurante escolar del “Enrique”. Tenía una gorra de color caqui con la visera apuntando hacia las alturas, como la usaba el icónico Godinez de El Chavo del Ocho, insinuando su copioso cabello blanco pegado al cráneo, tanto o más que su profusa barba montaraz. Se ocultaba detrás de unos enormes lentes que le daban la apariencia de un adolescente travieso de cincuenta y siete años. Vestía una camiseta de color azul rey, una chaqueta para el frío de color petróleo y calzaba unos zapatos primaverales del color que tienen los primeros mangos del árbol luego de una prolongada sequía. Detrás, sobre su ancha espalda, cargaba un morral juvenil.
Estaba absorto, imperturbable. Sobre la mesa, una taza humeante de café, aun sin probar, era el signo elocuente de su actitud estoica. Un brillo celeste afloró en sus ojos cuando le pregunté por el campus de Voces y letras. “Vaya que pregunta”, dijo saliendo de su abstracción. “Antes de hablar de este campus, debo decir que la propuesta de los Multicampus, si bien surge después de la pandemia, lo cierto es que sus orígenes se encuentran en los turbulentos días de 2010”, agregó con voz cálida. No es para menos. Los dos últimos años de la primera década del nuevo siglo, acaso sí fueron los más aciagos para el “Enrique”. Por aquellos días, algunos maestros habían iniciado una confrontación radical en contra de las decisiones unívocas y autoritarias del rector de turno. En esta confrontación habían logrado vetar el ingreso al colegio de algunos padres de familia y estos, a su vez, habían elevado denuncias ante los entes de control contra algunos de los educadores. Había comunidad sin identidad, sin pertenencia. Entonces, bebió un sorbo de café y aclaró: “Era una guerra sin cuartel, en la que se enfrentaban todos contra todos”. Luego, con una mano se alzó la gorra y con la otra, se frotó la cabeza y se hundió en sus recuerdos.
En este ambiente crispado llegó al «Enrique», venía de ser rector del colegio José Martí, otra institución educativa distrital. Sabía de sobra que ningún rector permanecía más de seis meses en el “Enrique”, pero “Yo soy un busca problemas”, me dijo con cierta complicidad. Se refería al hecho de aceptar la responsabilidad que tienen sobre sus hombros todos los que deciden asumir el riesgo de transformar la escuela. Creo que Edgar Riveros por aquel entonces no tenía ni idea de cómo hacerlo, ni sabía si algún día lo podía lograr.
Una mañana, mientras caminaba con la mirada perdida por los pasillos de la Institución, tuvo una importante revelación: Julia Sánchez, mujer con piel de ébano y ojos saltones, y Sandra Acero, mujer recia y mirada feliz, maestras de la institución, le propusieron crear escuelas de formación artística, deportiva y cultural con los niños que quisieran asistir al colegio los sábados. “¿Dónde está el proyecto?”, dijo con desconfianza. Julia hundió sus largos dedos en una carpeta, buscó unas hojas ajadas, arrugadas por las veces que habían sido rechazadas y vueltas a almacenar las mismas veces con desesperanza, y se las entregó.
Pero Edgar Riveros era capaz de sentir la “grandeza de las pequeñas cosas” sobre las que escribe Kakuzo Okakura en El libro del té. Así que el sábado siguiente, perdido en los anales del año 2010, Julia y Sandra inauguraron sus escuelas de formación. De esta manera, todos los “olayistas” empezamos a sentir que formábamos parte de un lugar común. Con el tiempo, otros maestros se sumaron a la aventura y con un millón de pesos se compraron los primeros instrumentos y crearon la primera banda de paz. Entonces, dijo con voz quebrada: “Nunca pensé que íbamos a tener bandas infantiles y juveniles en el colegio y mucho menos que hoy estuviéramos realizando el XII Festival de bandas. Fue así como surgió lo que hoy hemos llamado Multicampus” (Voces y letras, Ingenio y creatividad, Corporeidad, Musical y Segunda lengua).
“¿Cómo surgió el campus de Voces y letras?”, insistí. Bebió otro sorbo de su taza de café, luego frotó su barba de “papa salada” y me contó que un buen día del año 2011 aparecieron en su oficina tres maestros: Claudio Ramírez, cucuteño de ojos fulminantes, Alex Ballén con voz de ángel y Alexander Pereira, un hombre dulce como la miel y le dijeron que querían crear un círculo de escritores con los niños olayistas al que rápidamente le llamaron Círculo de escritores Medio pan y un libro. La iniciativa fue tan bien recibida que se involucraron los padres de familia y llegaron a tener más de 500 de ellos escribiendo, narrando y construyendo sus propios textos escritos. “Así, volvimos a posicionar al colegio y a recuperar la identidad resquebrajada. Este es el origen del campus Voces y letras”, sentenció con voz firme.
Por un momento vi desaparecer el brillo de sus ojos. Era como si se hubiera quedado atrapado en los marasmos del tiempo y entonces no encontró las razones para explicar la esencia de este campus del saber. Confieso que, aunque la nominación Voces y letras era lo suficientemente atractiva para denominar una pequeña parte del gran mundo de las humanidades, no me sentí conforme con la primera explicación que él me dio. Peor aún, me sentí confundido.
Días después, en la inauguración de la Feria del libro de Bogotá, salí de mi letargo al escuchar la conferencia inaugural que realizó Irene Vallejo. Así entendí el silencio de Edgar Riveros, pues las palabras son como el olvido y la escritura había nacido para salvar a la humanidad de sí misma. Aquellas palabras que se escapaban de los labios sin que pudiéramos contenerlas hacían de nuestros relatos, “al brotar de la boca tan solo un pálpito de brisa”, dijo la escritora española. Después, le escuché decir: “Que la efímera oralidad fue una difícil tarea como la de sujetar el viento, como acariciar la piel del agua, como tatuar el humo”.
Tal vez, lo que no pudo decir Edgar Riveros, o por lo menos eso creo que no pudo decir, es que el campus Voces y letras es como los “toboganes del viento por donde se deslizan los pájaros”, cuyos cantos deben ser fijados como huellas negras en las hojas blancas de la memoria. Tal vez, lo que quiso decir, pero terminó por callar, es que, por muy incierto que sea el futuro en el 2050, las palabras, las voces y las letras siempre serán las brújulas que necesita la humanidad para seguir leyendo los cielos, los mares, los amaneceres, los amores contrariados, el goce de vivir la vida, etc. Tal vez, lo que dijo con su silencio, y que yo no fui capaz de escuchar, es que lo que necesitan nuestros niños y niñas para orientarse en los laberintos del tiempo, no es otra cosa que la flexibilidad mental de los maestros y la creatividad de un adolescente eterno, esas mismas que le sobran al bueno de Edgar Riveros.
*Director La Mochila, revista educativa.
