Por: La Mochila, revista educativa
Allá venía, alegre, como de costumbre. Vestía un traje negro, sin corbata y una camisa de minúsculos cuadritos azules, con cuello y puños cuidadosamente planchados. Sus ojos saltones y su mirada de detective de novelas policíacas estaban detrás de unos enormes lentes transparentes, tenía una barba de candado de tres días, una sonrisa blanca e ingenua y “manos de gorrión”. Tiempo después, dijo: “Mi nombre es William Ricardo Chávez González, soy el menor de cinco hermanos, pero el único maestro de la familia soy yo, pues mis hermanos decidieron escoger el camino de la administración pública y el del honor militar”.
William Chávez es un hombre de baja estatura, sin corpulencia. Nació en el seno de una familia bogotana de Teusaquillo, pero luego se trasladaron a la localidad de Kennedy, al sur de la ciudad. Su padre trabajó como diseñador gráfico en la Policía Nacional y su madre, siendo enfermera, se dedicó al hogar. “Aún viven, por fortuna”, dijo con voz tierna. Estudió en la Institución Educativa Distrital John F. Kennedy, de donde heredó acaso su amor por la docencia, porque desde niño, en su Primaria, ya jugaba y soñaba con ser maestro. “Hace poco, con motivo de la celebración de los sesenta años de mi colegio, me rindieron un homenaje muy bello, en donde mis maestros se enorgullecieron al formar un rector”, añadió con el dejo de aquellos que se trasladan en el tiempo, hacia atrás.
Y como “al que le van a dar, le guardan”… con el tiempo, estudió Licenciatura en Matemáticas e Ingeniería de Sistemas, una especialización en Educación Matemática Bilingüe y una maestría en Educación de la Universidad del Externado. Cuando se le pregunta por la visión que tiene de la educación, se frota las manos y un brillo único aparece en sus ojos: “Sueño con una educación en la que el estudiante, el niño y la niña, sean el centro del acto educativo”. El rector William Chávez, sin saberlo, desempolvó las palabras que, el también matemático, Bruno D’Amore, colocara en los labios de Andrea Verrocchio, para referirse a uno de sus jóvenes “alumnos”: “Con el tiempo decidí mostrarle al mundo que un maestro sabe ser grande, renunciando a su rol de ser halagado y temido por sus alumnos para darle un espacio a un joven más grande” (D’Amore, 2010, p.29). Al “alumno” al que se refería el maestro Verrocchio era un tal Leonardo da Vinci.
William Chávez y Andrea Verrocchio sin proponérselo, anuncian la paradoja cruel que envuelve a todos aquellos que dedican su vida a enseñar a otros. Aceptar que quienes han de pasar a la posteridad son los estudiantes y no el maestro. Sin embargo, para el rector de la IED Alfonso Reyes Echandía, quien ha iniciado con sus maestros el camino de la transformación curricular de su colegio, es consciente de que la mejor inversión que un maestro puede hacer es poner lo aprendido al servicio de los demás. De allí se entiende por qué sueña con la idea de colocar a los estudiantes en el centro del acto educativo. “Pero mi mayor sueño es servir”, dijo con voz firme.
Está casado con Luz Dary Muñoz, a quien conoció en un aula de clases de la carrera profesional que cursaban juntos, y con quien tiene dos hijas: Sarah, historiadora de la Universidad Nacional de Colombia, y Dianny, adolescente y bailarina. “Desde hace veintinueve años, soy el administrador de la familia Chávez Muñoz”, agregó envuelto en una larga risotada. Admirador del trabajo y de la idoneidad de sus maestros, de quienes dice estar fascinado porque todos los días lo sorprenden con iniciativas dirigidas al aprendizaje de los niños y de las niñas “areístas”, incluso, para mejorar la vida de sus padres.
Cuando se le pregunta cómo llegó a ser rector de la IED Alfonso Reyes Echandía, dice que un buen día de los 365 del año 2023, su maestro de la Universidad del Externado, Marco Antonio Feria Uribe, le sugirió que se presentara al concurso de mérito que acaba de abrir el Ministerio de Educación Nacional, pero que lo hiciera como rector. “… Y aquí me tiene”, dijo con convicción. Aunque lleva tan solo un año en la nómina de la Secretaría de Educación del Distrito, ya había trabajado en lo público, cargo que abandonó para irse al sector privado. Pero es un apasionado por la educación pública, pasión que heredó de sus maestros de su colegio John F. Kennedy, y entonces decidió renunciar al Clermont, un prestigioso colegio del norte de la ciudad y asumió el reto de ser rector de esta IED, situada en el extremo más occidental de Bosa.
Dice tener sobre sus hombros tres grandes apuestas: Desarrollar en el colegio que dirige la filosofía de la evaluación formativa en la que el estudiante siempre es el centro, construir más comunidad con los padres de familia y proyectar la institución hacia afuera, es decir, crear una oferta educativa capaz de cambiar sus propias vidas. “Por eso es importante, servir, entendido como un darse de manera desinteresada al otro”, dijo. Sin saberlo, William Chávez, coincide con el “Otro”, acaso la significación más conocida del sistema filosófico de Emmanuel Levinas. Del Otro, somos responsables, sin que nadie nos lo haya pedido, suerte de desigualdad con uno mismo. Dice Levinas que la responsabilidad es “como responsabilidad para con el otro, así, pues, como responsabilidad para con lo que no es asunto mío o que incluso no me concierne” (Levinas, 1991, p.89).
Levinas encuentra en el dar-se al Otro, es decir, en “hacer algo por el otro”, el origen de la humanidad del hombre, aunque al rector William Chávez no le interesen estos galimatías filosóficos, lo cierto es que sus retos y metas están atrapados en la ética de la alteridad de Emmanuel Levinas, mientras que sus sueños se encuentran encerrados en las celdas del tiempo, compartidos mutuamente con los del príncipe Segismundo, el personaje de La Vida es sueño de Calderón de la Barca. Tal vez, el alma pedagógica de William Chávez encuentre algo de reposo y termine por preguntarse cómo lo hace Segismundo: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
Referencias:
- D’Amore, B. (2010). Alumnos vistos por sus maestros. Ediciones B.
- Calderón, P. (2009). La vida es sueño. Disponible en: https://www.unaula.edu.co/sites/default/files/ebooks/LaVidaEsSueno_ebook.pdf
- Levinas, E. (1991). Ética e infinito. Visor.
