Por Patricia Martínez*
El pueblo de Usme, con sus apenas diez calles, duerme profundamente mientras a lo lejos suena el débil y ronco canto de un gallo. El primer bus se detiene por quince minutos en la estación de policía.
La joven esposa del zapatero está despierta a esta hora. Sentada en pijama junto a la ventana, mira a la calle, mientras a lo lejos se escucha el aullido de los perros, en la cama su esposo ronco plácidamente… Idiota, lerdo, rasca su nariz y hasta sonríe, chasquea sus labios y sueña, tal vez, con que los habitantes corren a encargarle los trabajos. ¡Ni el olor a pegante, ni los golpes con martillo podrán despertarlo!
La zapatería está al lado del comando de la policía. De repente, en medio del silencio, suenan unos pasos de carramplones.
—Es un policía que aborda el bus y va a su receso —piensa la mujer.
Poco después, ve su figura vestida de uniforme verde oliva. Es grande y maciza y con andar haragán pasa despacio frente a la casa: al acercarse a la zapatería, el policía mira hacia la ventana y se encuentran sus ojos. Se oye el ¡toc, toc! en la puerta. El marido, cuya frente es de viejo ermitaño, carga un desierto en su prominente calva, y sigue roncando. Ella lo mira con rabia y desprecio.
Se pone rápidamente la levantadora, se calza unos botines punta de acero rotos que dejan ver sus dedos, y corre hacia la zapatería. A través del agujero de la puerta de madera, ve al policía. Ahora ya no se siente tan sola: el corazón le late con fuerza, su ropa interior se humedece; remojón repentino. Abre la puerta.
—¿En qué le puedo servir? —dice, ajustándose el cordón de la levantadora.
—Deseo guarnecer un poco estas botas para que ajusten bien. Es la primera vez que veo a una mujer atendiendo en una zapatería.
—¡Mi marido no tiene ayudantes! ¡Siempre lo hago yo!
—¿Y se desenvuelve bien en este oficio?
La zapatera, con una sonrisa coqueta, le recibe las botas. Transcurren un par de minutos en silencio, los dos se miran fijamente, dan unos pasos hacia la puerta y se vuelven a mirar. La mujer se sienta en una butaca vieja de madera, manchada de pegante amarillento y duro.
—¿Hay un baño? —pregunta el policía.
Ella, levantando el dedo índice, le indica el lugar, pero él se hace el bobo. Entonces ella, impaciente, se pone de pie y con un movimiento brusco entra con él a ese lugar estrecho, oscuro y con olor a vinagre para desaparecer juntos tras la puerta de madera.
—Abrázame, tócame, bésame, ámame, ahora todo es bello… — dice mientras se escuchan
susurros, lamentos agitados, suspiros…
—¡Chis! —susurra el policía. No haga ruido, que va a despertar a su marido —agrega mientras silenciosamente salían del baño, ruborizados y sudorosos.
—¿Y qué me importa que se despierte? Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora.
—A su salud —dice el policía, bebiendo un sorbo de una pequeña botella de aguardiente que saca de su uniforme verde camuflado.
—Su marido sigue durmiendo tranquilo, pero…
—Ámame y vive feliz.
—Así me gusta —dice el policía con picardía.
—Ahora, si está alegre, tómese un aguardiente para que se caliente más —insinúa a la mujer ya satisfecha. Usted debería venir más seguido por aquí, porque yo me aburro mucho, solita.
—Le creo, una chica tan bonita, atenta, ¡y en un lugar como este! —dice al despedirse mientras estrecha la mano derecha de la mujer y con su mano izquierda le roza el pecho con delicadeza.
El cliente, tras breve charla, besuquea la mejilla de la chica e indeciso, como si se le quedara algo, sale del lugar. Ella corre a la habitación, se sienta nuevamente junto a la ventana, trata de abrirla, pero está bloqueada por el óxido y ve cómo el policía se detiene en la esquina y se devuelve. Suena otro, ¡toc, toc! Oye de pronto la voz de su marido que le dice:
—¿Qué? ¿Quién está ahí? Están golpeando. ¿Es qué no escucha?
Se levanta, se pone la bata y tambalea de sueño arrastrando las chanclas que cubren unos pies blancos y huesudos. Se dirige a la zapatería.
—¿Quién es? ¿Qué quiere usted?
—Véndame un tinte negro.
Bostezando, rascándose la cabeza y zafándose las chanclas contra el mostrador, el zapatero se empina frente al estante, coge el tinte y lo entrega. Unos minutos después, ella ve salir al policía del lugar, arrojando en el césped, en la tierra, en el polvo, en la sombra del parque, el tinte. Mira con rabia a su marido, es repudio. Furia homicida.
—¡Maldito sea! —Se desviste rápidamente para volver a dormir. De repente, sus ojos se llenan de agua y el betún que recubre sus luceros se derrite.
—Ese policía ha dejado en el mostrador olvidados cincuenta mil pesos —dice entre sueños su esposo, cubriéndose el rostro y el cuerpo con una cobija de retazos. Haga el favor de guardarlos en la mesa de noche, agrega mientras se queda dormido nuevamente.
*Maestra del Colegio Palermo Sur IED
