El viejo que enciende el faro

Por: José Rafael Pineda Aguas*

En un rincón remoto y olvidado de la costa sobre un acantilado se encontraba un faro carcomido por los años, con una luz ya tenue, alumbraba a una cabaña sucia y desgastada. Allí vivía un viejo. Su vida era un tanto simple y monótona. Cada mañana, al levantarse de su cama lo hacía con el evidente cuidado de alguien de tan avanzada edad. Iniciaba el día aseándose el cuerpo, para después vestirse con alguno de los cuatro conjuntos de ropa que tenía y salir otro día más al faro, que parecía saludarlo por las mañanas de espesa niebla. Apenas abría la puerta lo golpeaba el olor tan característico de madera vieja, cuyas motas de polvo se endurecían en el aire mismo de tantas veces atrás, subiendo las escaleras con el mismo rechinar de la madera que había oído hasta el hartazgo. Al llegar al foco del faro, después de encender la gran linterna, se sentaba a un lado a escuchar el azote de las olas en las piedras de aquel gran acantilado. 

Año tras año continuó con esta tarea, aun cuando su cabellera se tornó blanca como la niebla mañanera. Y cada día luchaba con sus viejos huesos para levantarse de la cama, cuyo colchón ya poseía la forma de su cuerpo. Era como si aquella cama fuera su ataúd atrayéndolo para capturarlo entre sus sábanas cada mañana. Y siguió y siguió con su única gran tarea del día, encender el faro. Hasta que pasó lo inevitable, aprisionado por su cuerpo de viejo no pudo levantarse de su cama en todo el día. Había llegado la noche más oscura. Se escuchó el ruido de las viejas bisagras de la puerta abrirse, lentamente para revelar la visita de un hombre demasiado longevo para estar vivo, que, con un caminar lento se acercó al viejo, el ambiente se fue volviendo más silencioso. El hombre se paró a un lado de la cama y el viejo le preguntó: 

– ¿Quién es usted? ¿Qué hace visitándome a estas horas de la noche? 

Se escuchó entonces una voz ronca que rebotó en las paredes de la cabaña: 

-Soy quien puede ponerle fin a tu incesante tarea, soy de quien nadie puede huir y he venido a visitarte. 

Hubo unos segundos de silencio en los que el viejo se cubrió la boca con la mano, intentando analizar la situación. Aun sin entender lo que pasaba, levantó la cabeza, con la mirada fija en las láminas del techo y preguntó intranquilo: 

– ¿Por qué se tomaría usted el tiempo para visitarme; si de verdad es quien dice ser, debería estar muy ocupado como para venir a verme morir de viejo.  

-No hay de qué preocuparse –respondió el extraño con cierta familiaridad y agregó: 

-Había esperado por mucho tiempo la oportunidad de hablar con alguien como usted, ya que desconozco gran parte del pensamiento humano. Por ejemplo, desconozco su devoción por trabajar en el faro, ¿Qué espera conseguir? 

El viejo, sorprendido por el hecho de que alguien mostrara interés en su monótona vida, tomó un momento para reflexionar antes de responder. Miró a los ojos huecos de su visitante y con una mirada nostálgica comenzó a contar su historia con voz tranquila: 

-Trabajar en el faro es mi propósito, mi razón de ser. Cuando era joven, solía ser un marinero, navegaba por los mares conociendo tierras espléndidas y enfrentando tempestades. Pero, un fatídico día, una tormenta arrasó mi barco y me dejó varado en esta costa. Fue entonces cuando descubrí este faro abandonado, y decidí que sería mi nuevo hogar y mi nueva misión. 

Y aquel extraño ser, sin interrumpir al viejo, se mantenía escuchándolo como un niño curioso. 

-Verás -continuó el anciano-, el faro representa la esperanza para los marineros perdidos en medio de la oscuridad y las tormentas. Yo fui uno de ellos y aunque nunca tuve un logro impresionante como otros, aquí en este faro siento que he encontrado un propósito grande al encender su luz, percibo que todavía puedo guiar a los navegantes en sus travesías, incluso, si no se está en el mar. Es mi manera de seguir contribuyendo al mundo, aunque sea en la soledad de este acantilado olvidado. 

La sombría figura, mostrándose intrigada por la perspectiva del viejo, se dio cuenta de que la vida monótona del anciano tenía más significado del que aparentaba y agregó con tono apagado: 

-He encontrado en mi tarea una monotonía similar a la tuya. Y a diferencia tuya, nunca me había detenido a reflexionar sobre el significado detrás de mi labor.  

El viejo sonrió, extendiendo su mano temblorosa hacia el visitante, quien sorprendentemente la tomó con la delicadeza de un cirujano. Y después de un momento de silencio mientras ambos parecían entenderse sin necesidad de palabras, le dijo: 

-Visitarte esta noche me ha dado una gran lección. Este faro se mantendrá encendido en lo que dure mi eterna vida. Tú tarea ha sido cumplida, y mereces descansar. 

El viejo asintió en agradecimiento. Creyó que había llegado el momento de partir, con la certeza de que su labor había tenido un propósito más allá de lo evidente, preguntó con dificultad: 

-¿Cómo es allá? 

Y la muerte sonrió y dijo con cariño de abuelo –es tranquilo, tanto que te embarcas en un sueño del que no es necesario despertar. Así, esperó al anciano, permitiéndole disfrutar de sus últimos momentos junto al faro que tanta felicidad le ofreció. El anciano se sumergió en la tranquilidad de sus recuerdos dejando flotar su cuerpo en las sábanas que lo acompañaban, finalmente, cerró los ojos en la más profunda paz. 

El faro continuó iluminando la noche, recordando a los navegantes perdidos que siempre había una luz de esperanza en los lugares más inesperados, incluso en un rincón olvidado de la costa donde un viejo encendía su faro. 

Estudiante de décimo grado de la Institución Educativa de Galeras, Sucre. Tiene 15 años de edad. Su trabajo: El viejo enciende el faro obtuvo el Primer puesto en la categoría juvenil  del concurso “Cuentos para leer en voz alta”: José Elías Curi Lambraño, organizado por la Fundación en Voz Alta de Corozal, Sucre.

 

 

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