¿Cuál es tu nombre?

   Por: Patricia Martínez*                                                         

Siempre había trabajado en colegios del sur de la ciudad, pero hace seis meses inicié labores en otro cuyas instalaciones se encuentran en los alrededores del parque El Tunal. Hice rápida amistad con Pulido, quien dictaba matemáticas, y ambas nos dedicamos a conocer las diferentes tiendas de los barrios más cercanos para los viernes culturales.

Nos pusimos en la tarea y al primer lugar que llegamos fue a un bar de pocas mesas con el nombre de “Aval’s Bar” en llamativo cartel obstruyendo la entrada: allí nos quedamos y después de cinco sifones seguíamos con la convicción de que Palito Ortega había sido el mejor cantante de música de los sesenta y setenta. Luego le dimos la oportunidad a “Son cubano” echándole anclas, las que posteriormente casi no podríamos levantar. La rasca ahora era con Ron, y la discusión fue sobre Martha Serra Lima y Amparo Grisales; al salir, Pulido se tropezó con un barquito de madera colocado encima de una consola a la entrada del negocio, réplica de una original vikinga, con tan buena suerte que no se rompió.

A los ocho días salimos tarde del colegio y no quisimos ser exigentes en la elección del lugar. Decidimos subir por uno de los costados del parque, allí una mujer nos hizo señas para que entráramos a su tienda. Nos agradó la natural amabilidad de la señora, quien nos recibió con una botella de “Ron Viejo de Caldas”, vasos con hielo, maní y música de fondo de Roberto Carlos, haciéndonos sentir como en casa.

—¿Les traigo más hielo? —Nos preguntó la señora.

— Estamos bien —dijo Pulido —. ¿Cuál es su nombre?

— Katherine —respondió con entusiasmo.

Piel blanca, cabello cobrizo y rizado, de cuerpo menudo bien proporcionado, y entrando en los cuarenta, según lo delataban las incipientes arrugas en el borde de los ojos.

—¿Les agrada la música? ¿O qué desean escuchar? —preguntó nuevamente.

—Mejor no podemos estar —contestó mi amiga.

—Si necesitan algo, avísenme.

Y yo me puse de pie buscando el baño.

La clientela seguía siendo escasa. Al regresar a la mesa, Katherine continuaba conversando con Pulido. Me acerqué y ella se retiró, pero alcancé a ver que mi compañera acariciaba una de las manos de la atenta señora.

—Ya les pongo a Leonardo Fabio —dijo al pasar por mi lado.

Uno de los temas favoritos de Pulido era definitivamente el fútbol y la música de plancha. Al pedir la cuenta, la supuesta Katherine ya no estaba y la persona que nos cobró el pedido nos dijo que su nombre verdadero era Rafaela.

La semana pasó volando y Pulido me invitó de nuevo a repetir la rutina de los viernes.

Luego de caminar y escoger tanto, volvimos al mismo sitio donde nos había atendido la supuesta Katherine y, sin preguntar, nos trajo el servicio completo: los vasos con hielo, el maní, la

botella de “Ron Viejo de Caldas”, y música de Vicky.

—Gracias —dije—, sorprendida por haberse anticipado a nuestro pedido.

—¿Cómo te debemos llamar: Katherine o Rafaela? —le preguntó Pulido con un desafiante movimiento de cabeza.

—Mi nombre es Kata —contestó mirándome, e ignorando a mi compañera.

A eso de la media noche, Kata no era Kata sino Katica, Katy.

Como siempre, nos atendía con prontitud y amabilidad.

Cuando Pulido regresó del baño, me dijo con aire de triunfo al oído:

—Se llama Katherine.

—¿Por qué tan segura?

— Me lo dijo ella…

—También nos ha dicho otros nombres, ¿no? —le contesté—. Tenía varios traguitos en la cabeza.

Al salir, nos distrajo la marcha por el derecho a la igualdad de género de travestis y lesbianas que desfilaba por una de las calles del barrio.

Pulido traía su ron en un vaso plástico manchado de colorete.

—¿Ahora vamos a brindar por nosotras?

—¿Por qué?

—No se imagina lo que pasó con esa hembra.

—Se la levantó.

—No, nos la levantamos.

—¿Cómo así?

—Ponga cuidado. El primer día, cuando la conocimos, tomando del pelo, le dije que era la mujer de nuestros sueños: linda, hermosa y sexy, con ese algo especial del que carecen los hombres.

—¿Cómo así que la mujer de nuestros sueños?

—Deje de andar diciendo bobadas —le contesté—, a mí me gustan los… y el ron le está dando duro…

Callé, confiada en que no era posible volver realidad la absurda propuesta de Pulido, yo estaba nerviosa, pero al coger el taxi ella vino con nosotras y se sentó en el asiento trasero en medio de las dos. Una de sus manos apretó suavemente mi pierna, a pesar de los tragos seguía nerviosa.

La mujer, con cierta familiaridad, le dijo al conductor que nos llevara al mismo lugar donde siempre la llevaba después de la media noche, un motel en el barrio Restrepo.

Llegamos a la recepción y el empleado nos miró con desconfianza, sugiriéndonos la habitación 13. Subimos y, sin reparo, la mujer, con cierta naturalidad, se quitó el abrigo y lo colgó junto a la cartera en el perchero. Pulido, por su parte, no tuvo inconveniente en tirar su buzo encima de la mesa de noche y yo dejé el mío sobre una de las sillas.

—En un momento les sirvo de beber —dije— mientras buscaba dentro de la nevera de la habitación más trago.

—Para eso estoy yo, mi amor —me susurró la mujer al oído.

Saqué un CD de boleros de Luis Miguel que tenía en mi maletín y la mujer regresó con las tres copas.

—¡Por una noche inolvidable! —dijo.

Bebí sin escrúpulo alguno, preguntándome en qué iba a parar todo esto. Después del brindis, nos acomodamos en el sofá tal como veníamos en el taxi; Pulido, mucho más lanzada, tomó la iniciativa, y la mujer, resuelta, le permitió avanzar hasta el punto de desabotonar su blusa. Incómoda yo, las observaba. Luego de otra ronda de bebidas, la mujer se volteó a mirarme en tanto que su mano palpaba nuevamente mi entrepierna. Consentí la caricia, e impulsada por el deseo de experimentar, decidí unirme a la pareja sin tener idea de cómo proceder. Por momentos mi visión era borrosa y las imágenes dentro del cuarto se distorsionaban. Me aterroricé y dos interrogantes surgieron en medio de la insensatez del alcohol: ¿nos había drogado o nos iba a robar?

Sin embargo, la suave cadencia del bolero me puso a soñar y el estruendo de una vajilla y ollas me volvió a la realidad, en la cual la voz de mi madre seguía con la cantaleta de cada fin de semana: ¡una mujer decente no llega a casa a estas horas! Pero… yo estaba que me orinaba en esta quimera.

FIN.

*Profesora del Colegio Palermo Sur

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