Por: La Mochila, revista educativa
Justo allí, donde el oprobioso río Tunjuelito forma un trivio urbano con los barrios Getsemaní, San José y San Bernardino, en el extremo más occidental de la localidad de Bosa, se yergue modesto el Liceo Manuel Elkin Patarroyo. Una institución educativa de carácter privado que recibe todos los días, a las seis de la mañana, con un optimismo inusitado a cada uno de sus ochocientos estudiantes.
Detrás de un pequeño portón celeste que sirve de salida a los niños de Primaria siempre está él. Con su piel dorada por el sol de los Andes, sus pequeños ojos y su mirada feliz. “Bienvenidos”, dijo con voz firme. Tenía puesta una sudadera de color azul petróleo con vivos blancos y verdes, una camiseta polo blanca, y tenis de color gris. Evaristo González Casas es el director del Liceo Manuel Elkin Patarroyo y un contador de historias que enseñan.
Nació en el seno de una familia humilde y numerosa hace cincuenta y cinco años en San Miguel de Sema, un municipio situado al occidente de Boyacá, región laboriosa de agricultores y de hatos lecheros. Su madre, Carlina Casas y su padre, del que poco habla, tuvieron nueve hijos, “ocho de los cuales somos profesionales”, dice. Sin embargo, “es mi hermano Eleazar González, aunque me lleva 12 años de diferencia, la fuente de mi inspiración y mi ejemplo; desde muy niño soñaba con ser profesor como él”, aclara con admiración.
Tiene el cabello negro, copioso, del que asoman tímidamente sus primeras canas y lo peina hacia el costado derecho de su cabeza, sus cejas, nariz y boca pequeñas contrastan con la fuerza de sus manos. Llegó a Bogotá cuando tenía 18 años, trabajó en Andina de Tapizados como barrendero y seis años después ya ocupaba un cargo directivo en la empresa. De allí salió y colocó un restaurante, dice con una sonrisa fresca. Tiempo después, vendió su primera empresa y cuando el dinero empezó a escasear, su esposa, Aminta Moreno, una afable mujer con quien tiene dos hijos, ambos profesionales, egresada de “la Normal Superior Santa Teresita de Quetame”, aclara con un gesto solemne, empezó a laborar doble jornada para sostener el hogar. La labor de Aminta durante aquellos años aciagos, le recordó entonces su deseo febril de emular a su hermano Eleazar; fue así como estudió licenciatura en Educación Física. Con los años fue maestro y coordinador de escuelas y colegios ubicados entre Bosa y Soacha.
Del Liceo Manuel Elkin Patarroyo dice que es como el “barco de los triunfadores”, porque todos reman para el mismo lado. La oferta educativa de su institución suele ser muy atractiva para las familias que desean otra formación para sus hijos, porque “es práctica, de calidad y propende por la convivencia pacífica”, dice con seguridad. La educación que reciben los “patarroyanos” es tan legítima e importante como la que reciben otros niños de cualquier institución educativa. Pero Evaristo González cree que su Liceo tiene un plus adicional que lo diferencia de otras instituciones, pues además de lograr que las clases de sus profesores sean prácticas y que hayan logrado que los estudiantes encuentren en ellas el sentido de la vida diaria, han conseguido entender al otro, como otro ser distinto, un ser de otro modo y, por lo tanto, necesita ser escuchado. “En el Manuel Elkin no juzgamos al niño, ni lo gritamos, ni lo maltratamos, todo lo contrario, lo escuchamos, porque él no nace malo, los corruptos somos los adultos”, dijo con voz de monaguillo.
La educación que ofrece el Liceo Manuel Elkin Patarroyo hace pensar en el Emilio, la obra de Rousseau publicada en 1762. A través de un relato novelado, Rousseau reconoce que el hombre es bueno por naturaleza al tiempo que vive en una sociedad corrupta. Evaristo González siente, sin saberlo aún, que está en los zapatos del tutor del joven Emilio y, por eso, intuye la idea de cómo debe ser educado el ciudadano ideal y la importancia de la educación práctica que este debe recibir. De esta manera, se entiende lo que dice de forma reiterada: “Me gusta enseñar con historias porque los niños aprenden a relacionar, analizar y a solucionar sus problemas. Lo que se aprende a hacer no se olvida”. Evaristo González es como el maestro de Emilio: Un novelador de historias de la vida cotidiana.
Entonces, recordó con nostalgia la historia de un niño de séptimo grado del que todos sabían que expendía drogas en el Liceo y, cuando todos querían que lo expulsara, él lo abrazó y con el tiempo lo fue alejando de las drogas. “Hoy somos buenos amigos”, dice. También, recordó a la niña que consumía drogas y, aunque intentó hacer lo mismo que con el niño de séptimo, no lo pudo lograr. “Años después la volví a ver en la calle, tenía dos niños y seguía consumiendo. Entonces saqué un billete, se lo di y le dije que les diera desayuno a sus hijos”. Sin embargo, “Hasta el último día de mi vida seguiré enseñando con alegría y optimismo; hasta el último día de mi vida seguiré contando historias en las aulas, porque esta es la profesión más bonita”, dijo con voz esperanzadora.
Cuando se le pregunta por otras cosas que hacen en su Liceo y que no hacen en otros colegios, afirma que los estudiantes de undécimo grado realizan monografías para obtener el título de bachiller, cuyos tutores son sus propios profesores. También, que los “patarroyanos” pueden asistir voluntariamente en jornada contraria a programas de refuerzos en matemáticas, lectura crítica, ajedrez, danzas, música, taekwondo, “pero lo más importante es que todo lo que hacemos, lo hacemos con la pedagogía de la motivación”, dice con voz firme, mientras su rostro de sacerdote describe signos de felicidad. Luego, atraviesa las aduanas del tiempo y recuerda las tres enseñanzas que le dejó su madre: “No obligue a una mujer a hacer lo que no quiera hacer, no la dejaré morir de hambre porque le daré un plato de comida y me harías la mujer más feliz del mundo si me invitas a tus propios grados.”
