Una maestra carismática en la Dirección Local de Educación de Bosa

Por La Mochila, revista educativa

Allí estaba, envuelta en una especie de vasta universalidad que su carisma había forjado a partir de las virtudes de fe, autoridad y escucha que su madre le había prefigurado cuando apenas era una niña. Tenía la nariz recta, desde el entrecejo hasta la punta, sin ninguna desviación, ojos claros y una sonrisa tranquilizadora. De los lóbulos de sus orejas sobresalían dos topitos de color naranja que hacían contraste con su copioso cabello crespo de color caoba y visos violetas.

Ana Consuelo Suárez Morales es la Directora Local de Educación de Bosa. Es maestra de Educación Artística y normalista de la Normal María Auxiliadora de Villapinzón, Cundinamarca; tiene una amplia trayectoria en las aulas de algunas escuelas distritales del sur de la ciudad. Su origen de ancestros campesinos le enseñó a muy temprana edad el amor por el campo y por toda forma de vida, siendo la de los perros y los gatos una de sus debilidades más notorias. Es hija y nieta de maestras, así que la vocación por la educación y la pedagogía las descubrió desde siempre: “Yo soy maestra de la vieja escuela” —dice con voz tierna, mientras hace énfasis en el espíritu magisterial que heredó a través de su línea materna. Tal vez, por ello, no siente ningún favorecimiento, ni preferencia alguna, ni por la educación pública, ni por la educación privada.

Ana Consuelo entiende que la condición humana es universal y, por lo tanto, “todos debemos tener las mismas posibilidades sin distinciones. La educación no es un tema ni de ideologías políticas, ni de clases sociales” —afirma y recuerda aquellos años cuando apenas si era maestra en la zona rural de Usme, en los barrios San Andrés de los Altos, Barranquillita, La Fiscala, Danubio Azul, Santa Marta, etc. En Usme, logró crear con ayuda del alcalde local y de una de sus colegas un centro de desarrollo artístico y cultural para recuperar la memoria de esta localidad. Sus manos laboriosas y su espíritu maestro la arrojaron por el desfiladero de la memoria, convirtiéndola en una de las pioneras en la ciudad de lo que más tarde conoceremos como memoria histórica.

Pero lejos estaba Ana Consuelo de saber que su actividad profesional por la zona rural de Bogotá acabaría pronto. Su entusiasmo pedagógico la condujo hasta Olarte, un lugar muy frío ubicado en la localidad de Sumapaz, a trabajar con setenta niños del páramo, labor que alternaba con la coordinación de práctica docente en la Corporación Universitaria Cenda, los sábados, centro del que también es egresada. En Olarte, entre piojos, desparasitanto barrigas febriles y lavando las manitas y las caritas de sus pequeños, Ana Consuelo pasaba los días y hacía lo que más le gustaba hacer, eso mismo que heredó de su madre y de su abuela: Enseñar. Así que sin que los colores se le subieran al rostro, los sábados subía a sus estudiantes de la universidad a su senda Honda, modelo 80, color beige; atravesaban la ciudad hasta llegar al Sumapaz y seguía cultivando el arte en las vidas de sus niños y también apoyaba a sus familias. Era toda una aventura —dice moviendo su mano derecha, de cuyos dedos se asoman unos anillos cilíndricos de color plata.

Dice Clifford Geertz que “el carisma no aparece solo en formas extravagantes y en momentos efímeros, sino que es un aspecto permanente, aunque intenso, de la vida social que ocasionalmente estalla provocando un verdadero incendio”. La significación carismática, entonces, no es algo fugaz, ni aparece ni desaparece con el bullir de los tiempos; es una condición permanente. Es algo que también ha acompañado a Ana Consuelo desde siempre, pues gracias a su carisma tiene el extraordinario valor de pensar la escuela, la educación, los problemas y la vida misma en términos universales. En esta comprensión de universalidad, coincide con lo que Theodore Zeldin escribe en Historia íntima de la humanidad, que “cualquier visión nueva del futuro debe incluir, más que nunca, a toda la humanidad”.

Llegó a la Dirección Local de Educación de Bosa, “por mérito, luego de superar un proceso riguroso de selección” —dice con seguridad. No es para menos. Luego de aprender a desanudar las complejidades de las aulas, se convirtió en Directora Local de Educación de San Cristóbal, lugar en el que aprendió durante seis años las singularidades de la administración educativa y trenzó afectos fraternos con los rectores bajo su responsabilidad. Esta experiencia la transformó por completo. Así que para esta mujer jovial y hábil en el arte de la conversación fluida nada le puede quedar grande. Hace más de veinte meses asumió el reto de dirigir los designios educativos de la Localidad Séptima de Bogotá, dirige con experiencia y sabiduría los 126 colegios —42 públicos y 84 privados, distribuidos en 156 sedes— y asumió la responsabilidad de mejorar los aprendizajes y la convivencia de los 103 mil estudiantes matriculados en Bosa.

Está casada con Iván Cortéz, un diseñador industrial y gestor cultural que ha sido el mejor cómplice que la vida le ha dado, pues este hombre, además de ser su compañero sentimental, es el bastión de todas sus aventuras pedagógicas. Es él quien grafica con maestría sus ocurrencias para sacarlas adelante y así lograr impactar la vida de los seres humanos que yacen en su radio de acción. “Soy madre de corazón y madre biológica” —dice. Cuando apenas tenía 23 años, su corazón albergó la decisión de adoptar a una niña afrocolombiana, Ivana, su hija menor de 13 años. “Ivana es la conjugación del nombre de Iván, mi esposo, y Ana, el mío. El nombre de ella es un sentimiento profundo, para que supiera que la estábamos buscando desde siempre” —agrega con voz materna. Es también madre biológica de Macarena, su hija mayor: “su nombre significa feliz y llena de dicha”.  Sus ojos brillaron y su voz se hizo tierna.

Cuando se le pregunta por el libro que está leyendo en el momento, saca a relucir su pasión por la psicología y por el feminismo: “Cirse de Madeline Miller”. Una novela fascinante que todos debemos leer”. …Y cuando se le indaga por el principal problema educativo de la localidad, guarda silencio por un instante. Se detiene un poco y luego pasa revista con sus ojos expresivos por toda su oficina: La convivencia —señala hundiéndose en sí misma.

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