¿Qué es la Filosofía del Amor?

Por: Danis Cueto*

Desde mucho antes que los primeros filósofos se maravillaran con lo que comúnmente causa extrañeza y después de sentirse perplejos ante el sol, la luna, los astros, etc., y también ante el origen del Todo, la Filosofía ya era amor a la sabiduría. Mucho antes, incluso, de que Aristóteles la definiera como “admiración”, porque el que se maravilla y se asombra reconoce su ignorancia, la Filosofía ya era amor a la sabiduría. Estos filósofos del inicio amaron el saber por el mismo deseo de saber y no por utilidad alguna. Fueron, en últimas, “amantes de la sabiduría”. Lyotard dice en ¿Por qué filosofar? que “el filosofar comienza precisamente cuando Dios enmudece”.

Sin embargo, lo que asombrosamente asombró a los griegos no fue este amor a la sabiduría sino la extrañeza frente al Ser. Este, el más universal de los conceptos, como cree Heidegger, indefinible y oscuro, pero a la vez es el más comprensible de todos. El concepto Ser dominó, desde los albores del pensamiento, la historia de la filosofía occidental, siendo la declaración “el ser en sí” su principal adecuación.

Pero la Filosofía del amor no tiene nada que ver ni con el amor a la sabiduría, ni con reconocer la ignorancia, ni con maravillarse, ni con el Ser y, contrario a lo que dice Lyotard, empieza cuando Dios habla. La Filosofía del amor no es griega, tampoco es ontológica, por lo tanto, Delfos no es su lugar de origen. Sus inicios hay que buscarlos, en consecuencia, más allá del Ser y más allá de su adecuación. La Filosofía del amor surge donde se bifurcan los senderos de los sistemas filosóficos de Emmanuel Levinas y de Enrique Dussel. El origen de la Filosofía del amor es el Sinaí, pero también es América Latina. Sinaí es el más allá, acaso un lugar sin-aí, sin lugar, anterior a la donación de la Ley. En el Sinaí, Dios habla, el pueblo esclavo que acaba de ser liberado escucha y obtiene así su liberación. Escuchar, significa liberación.

La locución adverbial “más allá” no implica, necesariamente, llegar hasta el fin del horizonte ontológico, sino que indica una salida del Ser sin entrar en él. Es, en contraposición, un “más acá”. Así, para situarse antes de la anterioridad del Ser, Levinas y Dussel, recurren a la “nada” judeo-cristiana, noción sin ninguna referencia inteligible, y logran despojar al Ser de su adecuación, es decir, de su “en sí mismo”, de su mismidad. Allí, en la “nada” judeo-cristiana”, acaso en el Sinaí y en América Latina, Levinas y Dussel reciben con hospitalidad el misterio de un otro modo de ser o un ser de otro modo, que en sus sistemas filosóficos son la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre, el oprimido, el negro, el indígena, las víctimas, etc. Es decir, el Otro. En consecuencia, la Filosofía del amor es el amor por el Otro. Este es un amor sin Eros e irrecusable que nos enseña a amar primero al Otro, incluso, a amarlo primero que a nosotros mismos.

Más allá del ser se encuentra el recibimiento al Otro. Allí sólo podemos ser sus rehenes y recibir sus mandamientos como una orden irrecusable. En la Filosofía del amor, el Otro es nuestra responsabilidad, una responsabilidad que no hemos solicitado, pero se nos impone. Aceptar que el Otro nos ordena y nos manda significa que estamos en desigualdad con nosotros mismos. La inadecuación consiste en que el Ser ya no tiene poder sobre sí mimo. La inadecuación del Ser es el Otro, su recibimiento.

Cuando el Otro habla, lo que indica es una orden, por ello, tiene que ser escuchado. Es decir, que la esencia de la Filosofía del amor no puede ser otra que la responsabilidad rehén. En ésta el Otro se nos ha dado sin haberlo solicitado, así que tenemos que responder por él. En la Filosofía del amor el rostro del Otro nos habla, es la “primera palabra” que nos dice: “no matarás” y ya esto es una orden. El rostro del Otro, como “primera palabra”, es analéctico, dice Dussel, porque es algo que se nos revela y nos hace pensar que su palabra nos obliga a escuchar lo que tiene que decir.

Es la Filosofía del amor la anterioridad anterior al Ser. Ahonda en lo que Levinas, como recreando al icónico Profesor Jirafales, dice delante de una puerta abierta: ¡Después de usted, señor! Es este “decir”, el que agrupa de manera inteligente las aproximaciones que existen entre los sistemas filosóficos de Emmanuel Levinas y de Enrique Dussel. Es en la educación de los niños y de las niñas donde podemos sembrar la semilla de la Filosofía del amor, lograr el cambio social de nuestras gentes y entender el significado de por qué somos el “país de la belleza”. “Una educación, desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética -y tal vez una estética- para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal”, como anunciaba García Márquez en Por un país al alcance de los niños.

Más allá, además de indicar la salida del Ser, constituye el encuentro entre los sistemas filosóficos de Emmanuel Levinas y de Enrique Dussel. Es, por consiguiente, el tránsito del amor a la sabiduría, siempre griego, a la filosofía del amor, nunca griega. La Filosofía del amor es un movimiento filosófico que adquiere vigencia en un mundo donde la pirotecnia bélica actual cuestiona nuestra humanidad. La Filosofía del amor señala la importancia de sobrevivir al diluvio atómico, luego de concebir la idea de fabricar un “arca de la memoria”, como creía García Márquez. Un arca que nos transporte como en “una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad”.

* Docente de la IED Alfonso Reyes Echandía

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