Por Al Zap Se Le Ominac*
Galeras es un pueblo en el confín de la sabana, costa Caribe de Colombia, con escasos veintidós mil habitantes. En las votaciones que fueron programadas para el domingo 2 de octubre de 2016, cuyo objetivo de la consulta era que la ciudadanía expresara su aprobación o rechazo al acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP en La Habana, se optó de manera abrumadoramente mayoritaria por el no a la paz.
A lo largo de su historia, sus pobladores se han visto involucrados, como en tantas partes del territorio nacional, en esa espiral de violencia que aún no encuentra fin. En estos momentos, más bien pareciera que algunos toman impulso para enlistarse tomando partido en un lado u otro de los generadores de violencia y conflicto para seguir aportando su cuota de guerra, dolor, muertos, como si no fuesen suficientes. Para solo nombrar algunos de los casos, por ejemplo, aquel en el que un mando de las FARC lavó sus manos y se sentó a desayunar, luego de acabar con la vida de un capataz de una finca, acusándole de “sapo”. Un día nos levantamos con la noticia que el mismo grupo había cercenado las cabezas de ganado y las había dispuesto en los postes de la cerca de alambrado que delimitaba los linderos de la finca de un hacendado que se había negado a pagar cuota extorsiva.
Una disidencia del ELN, autodenominados Ejército Revolucionario del Pueblo, decide irrumpir una oscura noche, con chopos, escopetas, hechizas y bombas molotov, como estrategia para darse a conocer, financiarse, para comprar armamentos más sofisticados y sostener a su tropa, mal vestida y alimentada. En tal incursión secuestran a cinco ganaderos de una misma calle. A quien narra esta historia le tocó negociar, tal como se hace con animales, a su suegro, a su concuñado, con quién se quedaron como presión al no arreglarse en el precio que los plagiadores habían puesto, lo mismo que a su esposa, a quien liberan después de 30 días de retención, luego de pagar doblemente lo pactado, llevándose casi el total de lo que el padre de su amada había logrado acumular como fruto de treinta años de trabajo.
Uno de los casos de la acción paramilitar, lo recordamos aún como si fuese tan solo ayer, y es el de otro nativo trabajador, cuidandero de una finca por los lados de esa vasta y rica región llamada Mojana, depresión irrigada por el río San Jorge, antes de desembocar en el Gran Río de La Magdalena. Al personaje de esta triste anécdota se le dio la orden de desalojar. No quiso, les dijo que no tenía por qué hacerlo, que no se iba. En consecuencia, su cuerpo yerto fue dejado como señal de advertencia para el resto, de lo que no es una solicitud, sino una orden sin más plazo. Entre los sonados casos de los mal llamados “falsos positivos”, están tres jóvenes ajusticiados, puestos con la cabeza en el pavimento, en la carretera que conduce hacia el vecino municipio de Sincé. Al parecer, habían sido traídos, como tantos otros, con la ilusión de un trabajo, desde el municipio costero de Tolú. A propósito de lo que afirman quienes dicen que eso de los “positivos” no está comprobado, invito a preguntar a las tres familias dolientes de aquellos a quienes vistieron con botas, arma y pantalón camuflado, sindicándolos de guerrilleros, uno de ellos campesino de un corregimiento, con evidentes rasgos de discapacidad intelectual, que se disponía a arrancar unas matas de yuca y tropezó fatídicamente con sus victimarios, miembros del ejército de aquel entonces con asiento en una base militar campesina en la zona urbana de Galeras, quienes debían garantizar su honra, bienes y vida, como reza en la Constitución Nacional. Ocurrió en el período de gobierno de un presidente de cuyo nombre no quisiera acordarme. No hace tantos años que sucedió la exhumación de personas que figuraban como N. N., en algún lugar de su cementerio, de los que no sé si también hacen parte de la macabra estadística en la lista de los tales “falsos positivos”.
Quien lea el presente artículo se estará preguntando a qué viene todo esto si se espera, según el título, que se hable de Alma Grande, aquel líder hindú considerado padre de la resistencia civil que llevó a cabo con su pueblo la liberación del yugo inglés sin disparar armas, ni realizar ninguna acción violenta. Pues bien, sucedió que el día 28 de abril, del presente año, se repitió un episodio que nos hizo retrotraernos a la toma guerrillera descrita inicialmente. Esta vez, los actores fueron los autodenominados «Clan del Golfo», con fuerte presencia en esta localidad. Una patrulla y el comando de la policía fue hostigado por personal armado de fusiles de largo alcance. No hubo bajas humanas, pero sí la de la libertad. Durante una semana se nos ordenó encerrarnos desde las seis p.m. por orden expresa de tales sujetos en aparente clandestinidad.
Aparente, digo porque, según se comenta, la mayoría de los pobladores sabe dónde están y quiénes son, pero todos callan. “Ni quién diga, ni pregunte nada”, es el decir del común, evitando el riesgo de poner en peligro la vida. Además, como antes la guerrilla, ellos son la autoridad que hace de juez ante las peleas conyugales, las riñas entre vecinos, el ladrón de gallinas… ellos son quienes imparten justicia y si no se paga con lo dictaminado, se cobra con la vida. La recomendación de las autoridades legítimas fue la misma: encerrarse a la hora señalada. Luego, aquí no ha pasado nada. Pareciera que a la gente no le hubiese importado el hecho. Solo estaban esperando que se levantara la restricción nocturna. La misma noche que el alcalde anunció la suspensión, rumba corrida en lo sucesivo.
Entonces es cuando aparece Gandhi en las calles de Galeras, a pie descalzo, al son del llamador, tambor ancestral que marca el ritmo en los conjuntos de gaita de la región. Discreta, pero pedagógica intervención artística o performance, realizada por uno de los artistas culturales más representativos del pueblo, el profesor Ciro Iriarte, que culminó en la plaza principal con una corta frase del gran Mahatma escrita con flores blancas rodeadas de rojo, sobre fondo negro, tan oscuro como el aciago momento de las citadas acciones violentas antes descritas: “El camino es la paz”.
¿Qué si tengo miedo? ¡Claro que sí! Temo por mis hijos, por mi esposa, por las nuevas y futuras generaciones. Temo por todos los que vivimos en este lugar. Lucho porque no reine la oscuridad, la tiranía, ni la desesperanza. Para un hombre que ha vivido en medio del tiroteo y la desazón desde que abrió sus ojos, un veinte de diciembre de 1959, que ha recorrido el territorio de su nación, desde Punta Gallina hasta el Putumayo y ha presenciado la hermosura de su paisaje y de buena parte de sus gentes, no le queda otra opción sino señalar la paz como el único camino posible, no hay otra salida, ni burla posible al cerco.
* “Ciudadano preocupado” que prefiere utilizar un seudónimo por temor. Las imágenes que acompañan el texto son tomadas del “muro” de Facebook del profesor Ciro Iriarte.
